563. ¿ALGUNA VEZ HAS COCINADO PEPINO?
SONIANANTÓN RÍOS | La Fea

Martinito, al que llamaban así por su bebida favorita, hablaba demasiado. «En qué momento este tipo ha pensado que me interesa su chapa», se lamentaba la Fea. Era como una radio de fondo, ilegible, borrosa, pero persistente. Bla, bla, bla. Para colmo, estaba segura de que solo quedaban segundos para que le volviera a preguntar por qué le llamaban así.
–Por cierto, ¿por qué te llaman…?
«Puto pesado. Habrá que contrachapar».
–¿Alguna vez has cocinado pepino?
–Por supuesto, ensalada, gazpacho, salsa tártara, ah, y gin-tonic, claro. –Respondió triunfal y sonriente, alargando ya un poco las vocales efecto del habitual primer Martini y los vinos siguientes.
–Pero eso es crudo o encurtido, no es cocinado como, por ejemplo, el calabacín en un pisto.
Y justo cuando Martinito empezaba a levantar la mano derecha directa a ilustrar una reflexión sobre el pepino, la Fea atacó.
–No sé si te he contado alguna vez que mi abuelo tenía una venta en las afueras, junto al río. Su especialidad eran los caracoles y la paella. Tenía mucho éxito.
Pero su voz se cortó, de repente, porque entró él (él, su antiguo él, su ex) con una tía. Ni siquiera la miró cuando le pidió dos cañas. La Fea se puso roja de ira. «¡Este es gilipollas!». Respiró despacio y se concentró en aplacar a radio-Martinito que se había activado de nuevo. Así que siguió su historia justo después de poner a la pareja una generosa tapa de paella.
–¡Ey! a mí no me has puesto paella.
–Pero si nunca quieres nada.
–Ya, pero hoy tengo hambre.
La Fea sonrió y dijo para sí: «UNO».
–Tú mismo. –Y siguió mientras Martinito engullía–. A mi abuelo se le daban genial los caracoles, pero para el resto de la cocina no era muy ortodoxo, ni siquiera la paella por la que también era famoso. Disfrutaba inventando, probando cosas. Una mañana desde la barra se oyeron los gritos de mi abuela que le decía a mi abuelo en la cocina: «Pero estás loco, ¿pepino en la paella? Tendrás valor». El abuelo respondió que él controlaba y que la gente estaba muy pesada ese día. El bar lleno, mis tíos, mis primos, trabajadores, estudiantes, oficinistas e, incluso, Manuel el loco que buscaba algo de comida gratis.
«DOS»
La parejita iba apoyando sus codos en la barra, sujetando sus cabezas sin emoción, como Martinito que apenas atinó a preguntar.
–Bueno ¿y qué pasó?, no entiendo.
–Pues siempre pensé que lo que se cuenta que pasó después era una leyenda familiar, pero uno de mis primos que estuvo allí me lo confirmó años después. «Que sí prima, que yo lo viví».
–El qué… –volvió a preguntar Martinito con respiración profunda.
–Pues que todo el mundo se durmió. Una imagen inquietante. Un montón de gente desperdigada por cada uno de los rincones del bar, parecía un cuadro de El Bosco.
«Y TRES»
–Yo he salido a él, me gusta probar, el problema es que nunca he controlado bien la cantidad de pepino.