1294. ALIENADOS
Alexander Andreu Celestino | amanuenXe

¿Extraterrestres? Atónito, el profesor Schneiderlin no puede creer lo que ven sus ojos. Tiene problemas de orientación, le duele la cabeza y nota la lengua seca, como en una resaca de pueblo en fiestas, pero no hay duda de que esos seres de apariencia deforme que lo custodian son pobladores de algún planeta probablemente aún desconocido. ¿Dónde está, cómo ha llegado hasta allí? No tiene respuesta. Se recuerda a sí mismo como tantas otras noches, canturreando estribillos de Camela mientras trabajaba en el laboratorio. Entonces comprende: ¡Eureka, eureka!, grita desaforado. No sabe cómo, pero su teletransportador Acne 2000 ha funcionado. Tal vez una tormenta solar alterase los complicados logaritmos del procesador central obrando el milagro. Su paso a la posteridad y el premio Bacterio de Oro dependen de un mínimo detalle: escapar y regresar a la Tierra.

Echa mano de todos sus recursos para anunciarse como un embajador pacífico, pero nada parece funcionar: ni el melmaquiano, el na’vi, el kriptoniano, ni el euskera batua. En un último y desesperado intento pronunció unas palabras:

– Mi casa, teléfono-

– Quillo, no digas eso ni en broma, que nos buscas la ruina- reacciona el ser que lo vigila.

– ¡Hablan!- exclamó sorprendido el profesor.

– Digo, no querrá el gachó que nos comuniquemos maullando. Yo tengo este acento porque estuve seis meses infiltrado en Lebrija. Dentro del programa interestelar para la dominación planetaria, a mí me destinaron allí. ¿Lo conoce usted? Me tocó pa’la feria, ojú, no vea usted cómo era eso, y la calor que hacía -.

Roto el hielo, Schneiderlin habla, quizás más de la cuenta, expone los secretos de los gobiernos terrícolas, cuenta los planes existentes para conquistar otros mundos, pero se presenta a sí mismo como un hombre de ciencia; está dispuesto a someterse a toda clase de experimentación que ellos deseen, tacto rectal incluido. El extraterrestre lo mira raro, con la cabeza ladeada y una expresión de asco: tus muertos, será guarro el tío, no ni ná te voy a tocar yo a ti.

Desechada la opción científica, el doctor se ofrece a ser su embajador político, su caballo de Troya en la tierra. Su intérprete se sonríe sarcásticamente, mira a un lado, mira a otro, y después de cerciorarse que no hay nadie más en la sala se acerca a una cortina, la descorre y ofrece al profesor Schneiderlin la visión más sorprendente y aterradora que jamás imaginó.

– Trece millones de naves. Y con los depósitos cargados, al precio que está, aquí, echadas a perder. Lo teníamos todo listo: los programas de infiltración, la observación a distancia, la transformación humana… todo. La de parné que nos dejamos, pero tela, que ríete tú de los EREs. Os íbamos a dominar en cero coma, pero……

– ¿Qué pasó?- pregunta Schneiderlin.

– ¿Pero ustedes se habéis visto bien?- comienza a decir el extraterrestre. – Las guerras, la pandemia, Trump, el Sálvame… Deja, deja, estamos mejor aquí. Además, lo de alienaros no tiene tanto mérito si lo consigue un simple smartphone-.