Alita de pollo
Elena Diaz Llanos | Helena Owolf

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Me dijo que me esperaría en la barra, que bebería cerveza en un botellín de Mahou y que daría la espalda a la puerta para no sufrir un infarto cada vez que alguien interesante entrara al restaurante, así que no hay duda, tiene que ser él.

Me encantaría poder quejarme con licencia y decir que no se parece en nada a su foto, pero lo cierto es que en ella solo se ve el jardín de un hotel tropical y un llavero de una alita de pollo. Nunca le pregunté por aquello porque la verdad es que prefiero no saber.

–¿Javi? –pregunto.

Se gira confuso, como si se hubiera olvidado de qué día es.

–Sí…

–Soy yo, soy Lara. ¿Puedo sentarme?

Me mira como si yo fuera un puerro pocho, algo decepcionante pero que se acaba aceptando por las capas de debajo que se pueden salvar. Lo que me faltaba. Él tampoco es ningún Adonis y encima tengo que sonreír.

–Si… si quieres puedo pedirte algo –chapurrea con un acento que no me esperaba.

–Vermut de grifo con un par de cebollitas.



Esto tiene que ser una broma. Javi tiene el acento de una «relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor» y yo me entero ahora.



Tampoco es que seamos grandes conversadores, lo cierto es que cuando contesta a algunas de las preguntas incómodas que leí que podrían romper el hielo, le entiendo menos que a un guiri piripi de Benidorm.

A él, sin embargo, parece que le resulto cada vez menos cargante, ahora ya no me escudriña como si fuera el tenedor que nunca sale limpio del friegaplatos, sino más bien un pez de colores. Entretenido, divertido de mirar, pero de mundos muy distintos.



Javi me habla de la insufrible de su jefa, pero yo no paro de mirar al guaperas con ojos de dálmata en adopción que lleva en la barra tomando cerveza más de treinta minutos, solo, clavando la mirada en el reloj como si llegara tarde a todo. Suspira y suspira, y yo lo hago segundos después.



Javi insiste en pagar por las copas pero yo me opongo, aunque no me deja mucha opción en cuanto agarra al camarero por banda y le encasqueta su tarjeta de crédito como una gitana con su romero.

Paga y firma delante de mí. Sonrío, pero no puedo evitar fruncir el ceño en cuanto veo su nombre en ese plástico rectangular: «Harvey».

–Espera, ¿Harvey? ¿Pero no te llamabas Javi? –le interrogo.

–Harvey… Havi… Javi… Sí –sonríe como un vendedor de seguros.

Genial, otra anécdota que contar en el brunch de los domingos.

Él sigue asintiendo y agradeciendo la compañía, y yo, nerviosa y sintiéndome más inútil que la bocina de un avión, me quedo de piedra en cuanto veo el espacio vacío en la barra del guaperas que se fue con la cara hasta el suelo. Ahí, en ese perfumado hueco donde se erige un botellín de Mahou y un llavero de plástico olvidado con una enorme alita de pollo. Mierda.