1093. ALOPECIA INQUIETANTE
LEANDRO GRACIA GARCIA | CAPRICORNIO

Mi lucha contra la alopecia resultó ser un auténtico calvario, nunca mejor dicho. Probé de todo: descargas eléctricas, golpecitos intermitentes con una maza de goma para estimular el riego sanguíneo, friegas con excrementos de vaca, emplastos de espirulina concentrada y la práctica totalidad de vitaminas del abecedario.
Harto de no experimentar progreso alguno, decidí acudir a la consulta de un reconocido dermatólogo. Me dijo con voz solemne: «Se trata de un problema constitucional». A lo que yo añadí: «¿Quiere decir que, con “Franco” no me hubiera pasado?». Lo cierto es que no me dio ninguna esperanza. Mis cabellos terminarían huyendo para siempre. Sin embargo, jamás desfallecí. Tras el fracaso, me agencié un fluido milagroso llamado “minoxidil” que me recomendaron en una farmacia. Al parecer, se mostraba eficaz para combatir el problema. Pero en mi cabeza no terminó de funcionar. Tuve que ser muy cuidadoso mientras me embadurnaba el cuero cabelludo. En un descuido, cayeron algunas gotas al suelo y pasados unos días comenzó a brotar en una baldosa una especie de pelusilla que jamás me molesté en rasurar.
Como un último intento desesperado estuve a punto de abandonarme a los caprichos de la cirugía agresiva. Afortunadamente reaccioné a tiempo y fui consciente del riesgo que corría. Temí que me cambiaran una oreja de sitio y terminara oyendo desigual, e incluso que me la pusieran en la nuca y escuchara a la gente murmurar a mis espaldas.
Llegué a obsesionarme con la idea de reforestar mi cabeza. Quería reforzar mi atractivo animal y mi potencial seductor. Necesitaba cautivar a las mujeres con el movimiento sutil y despreocupado de mi flequillo. Pero no pudo ser. Después de todo, el sexo gratuito no deja de ser una entelequia.
Lo mejor es resignarse y sobrellevarlo con dignidad. Ahora, tras innumerables intentos fallidos, he decidido peinarme en ensaimada para cubrir con disimulo aquellas zonas más despobladas. Tras mi desastrosa experiencia, he de concluir que lo único que detiene la caída del cabello es el suelo.