1462. ALTA SOCIEDAD
Vicente Ortí Hernández | Goldmundo

Como heredero del patrimonio y los depósitos indecentes en diversos paraísos fiscales de esta familia aristocrática sabía que la decisión tendría los efectos de un tsunami. Pese a la resistencia de mis progenitores –el archiduque Godofredo y la baronesa Melinda- me inscribí en el primer curso de FP de tornero-fresador -incluidos dos módulos formativos de soldadura y calderería-, impelido por una mezcla de rebeldía y vocación.
Mi madre se desmayó. Hubo que doblar la dosis de ginebra con una nube de tónica para que volviera en sí. Papá, enojado, decidió salir a cazar tordos en la finca de Cáceres antes que escuchar mis argumentos. Triste, me refugié en mis allegados: mi hermana, la vizcondesa Cuqui de Loosers; mi primo, el marqués de Bastarda y mis queridos consejeros, el barón de Rodapié y el conde de Alféizar. Somos personas que alargamos las eses, ignoramos qué es pagar una factura, el chóped o subir a un autobús y aceptamos “pueblo” como animal de compañía. No pudieron ayudarme; nadie sabía cómo vive la gente que suele decir “no llego a fin de mes”.
Abandoné la mansión con un último vistazo al blasón familiar de la gran Sala de Cohechos: dos martinis con aceituna sobre el fondo azul de la piscina y el lema familiar en capitulares color bronce sobre una toalla de playa de Versace: “Coge todo lo que puedas”.
No quise un protocolo excesivo en mi nuevo rumbo. Llegué a mi primer día de curso con una discreta comitiva de tres guardaespaldas, dos mayordomos y un nutricionista. Saludé a mis compañeros y agradecí la grácil reverencia del profesor de Mecánica y Automoción. Hablé desde lo alto de la tarima al grupo expectante.
-Estoy encantado de estar aquí, entre vosotros; tan humildes, tan sencillos, tan……poca cosa- dije con un asomo de emoción. Me sorprendió la salva de aplausos y los rostros admirados. Nunca había imaginado ese cálido recibimiento de gente que ignora lo que es un brunch.
Aceptaron todas mis sugerencias: cinco pausas para descansar, otra para mi masaje diario y ambientador de lavanda en las clases. Yo, a cambio, me mezclé entre ellos, compartí sus costumbres populares –comen ganchitos y ven Tu cara me suena- y me enamoré de Vanessa, cantante en un grupo de trap del extrarradio. Mis padres pronto podrán conocerla.
No estoy preocupado. En casa siempre hay ginebra.