642. ALUMNO MODELO
MIGUEL ÁNGEL MORENO CAÑIZARES | SOLOMON

Cuando me matriculé en la universidad de Zaragoza, dediqué semanas a buscar alojamiento. Así, tras varias visitas, entregué la fianza a doña Pilar, dueña de la vivienda donde residiría con dos universitarios. La vida en Zaragoza resultó entretenida desde el principio. Clara y Emilio, los compañeros de piso, me lo hicieron fácil. Desde el primer momento congeniamos y enseguida acordamos el reparto de tareas. Muchos días íbamos juntos a clase: yo a Veterinaria; ellos a Medicina.
La ilusión de mis padres de tener a un veterinario en la familia empezó a torcerse durante el primer cuatrimestre. La Microbiología se me atravesó como una espina en la garganta. No tanto por la profesora, sino por mis escasas capacidades. Mi crédito empeoraba. Poco a poco empezó a sobrevenirme un desinterés por la carrera. Mis preferencias pasaron a ser otras, como salir de marcha. Y Zaragoza ofrece muchas alternativas.
El problema se tornó monetario. Depender de la paga familiar supuso un trastorno que fui esquivando hasta que doña Pilar me dio el aviso. “Lo siento, o pagas o te marchas”, me instó una fría tarde de febrero. Necesitaba dinero como fuera y aún estábamos a mitad de curso. No podía pedírselo a mis padres, ignorantes de mis desvaríos. Fue Clara quien me ofreció una salida además de un anticipo. “En las escuelas de pintura necesitan modelos. Tú eres guapo y bien proporcionado, preséntate”, propuso. Al principio me pareció una broma, pero al cabo de unos minutos empezó a ‘tomar cuerpo’.
Acudí a la dirección que me proporcionó y, para mí sorpresa, me aceptaron. Sin embargo, había pasado por alto un importante detalle: tendría que posar desnudo en algunas sesiones. Al enterarme, la idea de estar en pelotas ante un grupo de jóvenes artistas me arrugaba. Para un muchacho de pueblo tímido y con novia, desnudarse en público era una reválida más que una experiencia laboral. Por mi cabeza rondaban muchos pensamientos, pero el más reiterativo era el consejo de mi madre: “Hijo, abrígate bien, que en Zaragoza hace mucho frío”.
Entré en la sala, me situé en el estrado y me despojé del albornoz con la mayor naturalidad posible. Eché una ojeada y comprobé que nadie se inmutaba. Aquella gente me observaba con indiferencia, más pendientes de sus lienzos que de mí. Su comportamiento me dio seguridad durante los 45 minutos de la sesión. “Lo ves, no ha sido para tanto”, me dije. A aquella sesión le siguieron otras, con las que saldé deudas. En cuanto a la carrera, retomé los estudios con renovados bríos. En plena efervescencia universitaria, sucedió lo imprevisto. Alguien se fue de la lengua y, sin yo enterarme, se corrió la voz. Había algo distinto en sus miradas. Eran miradas sarcásticas, cómplices también. “Bien hecho”, me dijo antes de un examen la profesora de Microbiología. Pasé a ser el alumno modelo. ¿Vergüenza? Un poco, pero superable. Ahora que he aprobado el primer año, el examen lo tengo en casa. Me siento desnudo para contarlo.