ÁLVARO
ROSA ELVIRA HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ | ROSALINDA ARTE

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Es sorprendente como no nos preparan para comprender la importancia de las primeras citas, ya sean amorosas, amistosas, o profesionales. Nadie nos cuenta el papel relevante que tendrán en quiénes seremos en el futuro. Cuantas veces nos hemos preguntado: ¿Y si no hubiera aceptado la cita de Francisco para acompañarle a la fiesta anual del Instituto?, o ¿Qué hubiera pasado si hubiera aceptado la invitación para irme de voluntaria a África, que me hizo Carlos en la primera y última cita que mantuvimos?. Casi todos los hechos que marcan nuestra vida se inician con una primera cita. Eso fue lo que le ocurrió a nuestra joven protagonista.

ÁLVARO

La joven se levantó angustiada, sus enormes ojos marrones y su piel blanca acentuaban su imagen de desconcierto. Solo pensaba en cómo sería su vida en adelante, en si estaría preparada para afrontarla. Sentía la responsabilidad mucho antes de que el hecho se produjera.

Salió a caminar para liberar tensión. Eligió el sendero que lleva a las montañas cercanas a su casa. Ese lugar, lleno de color, de sonidos e intensos olores, y el ruido constante de sus pisadas sobre la grava, le permitía controlar sus miedos, sus malos presagios, alcanzar algo de tranquilidad.

En el camino se cruzó con una aldeana del pueblo conocida por sus coloridos delantales a juego con el pañuelo que se anudaba al cuello. La mujer tras saludarla le aconsejó que no estuviera sola en las siguientes horas, ya que lo que estaba en camino no tardaría en llegar.

Voló angustiada a su casa todo lo rápido que podía en su estado, abrió la puerta y se dirigió al cuarto de baño, notó humedad en su ropa y comprendió que el proceso se iniciaba.

Pidió ayuda, y se trasladó al lugar en el que le darían cobijo los siguientes días. Tras cinco horrorosas horas, en las que su corazón galopaba entre las ansias de verlo, el dolor físico y el miedo, él apareció. Lo hizo con fuerza, rompiendo el momento con su llanto. Luego al colocarlo sobre ella y reconocer el sonido de los latidos de la joven, se fue calmando, respiraba tranquilo.

La joven nunca se había sentido tan llena y valiosa, por fin al tener junto a su corazón al recién nacido, pudo comprender el sentido de las palabras ternura y amor incondicional. De golpe también entendió que antes, ahora y después, tenía fuerza y valor para hacer frente a su nueva vida, para ser responsable de esa nueva personita, estar junto a ella siempre, dándole todo aquello que necesitara y todo aquello que ella sabía o conocía, hasta quedar totalmente vaciada.

Cuando por fin se quedó dormido, la joven con un sentimiento de paz y sosiego que llevaba mucho tiempo sin percibir, lo observó placenteramente, sus hoyuelos, sus mofletes, sus suspiros, y entonces comprendió, que había superado con mayúsculas su primera cita con dar vida.