543. ÁMA(N)TE
Noelia López González | PRINCIPIOS DE FEBRERO

Cada luna era diferente, sí, pero todas sus noches eran iguales. No sabía que pasaba, no podía avanzar.

Se había quedado en un estanque cual nenúfar que solo atiende al viento. Era el junco que no se desplaza por miedo a secarse. Era aquel pez que siempre va detrás evitando sobresalir para no ser alcanzado por el tiburón.

Pasaba las horas pensando en lo que pensarían los demás, cohibiendo su ser para ser alguien entre los demás.

Los días amanecían por inercia, porque si fuera por ella despediría a esa luna capaz de ser diferente y brillar cada noche como si ayer no lo hubiera hecho también.

Y es que su cabeza se había quedado ahí, en el ayer. En esos momentos en los que quería haber sido diferente y no lo hizo. En aquellas luchas que se desvanecieron por miedo a ser juzgada, o lo que viene a ser lo mismo, aquel nenúfar dominado, aquel junco cada vez más apartado o aquel pez cazado.

Nada importaba. La soledad apremiaba y ella se hacía diminuta. Sin salir del pozo se contemplaba en el reflejo.

Siempre dispuesta para los demás, siempre arreglando la vidas ajenas sin preocuparse de la suya. Siempre amando sin ser amada. Construyendo puentes entre mares y ahogada en su vaso de agua. Medio lleno más que medio vacío.

Lo que no se daba cuenta es que ella era la de ahí arriba, ese reflejo era su reflejo. Ella era capaz de ser lo que quisiera ser. Un nenúfar que domina su posición, un junco que incluso fuera del agua puede vivir y aquel pez capaz de vencer incluso al tiburón.

Ella tenía que amarse, ella tenía que dejar el mundo y creer en ella. Porque cuando crees en ti hasta la luna se acobarda.