Amigos de pueblo
Rubén de Salas Corregidor | Farru Nico

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El calor apretaba y el silencio de la hora de la siesta sólo se rompía cuando la primera abuela se acercaba a la entrada del callejón estrecho donde la sombra ya permitía un respiro. Acto seguido, como si de una peregrinación se tratara, iban apareciendo el resto, todas con su caja de cartón apoyadas a la cadera y la silla de madera y mimbre en el otro brazo. Para mí, que en esos primeros días de vacaciones de verano acababa de cumplir seis años, significaba que ya podía salir a jugar con la pelota sin que me regañaran, salvo el habitual aviso de que no fuera a dar a ninguna de ellas con el maldito balón. Mientras pegaba las primeras patadas y corría imitando los goles de Butragueño en el Mundial de México 86, ellas se sentaban en sus sillas tan bajas que las rodillas se les quedaban por encima de las caderas e iniciaban su labor de costura. Abrían la tela para ver en qué cenefa se habían quedado y sujetaban entre los dientes los alfileres que fijarían el mantel al cojín que habían colocado encima de sus piernas. Buscaban en la caja las bobinas y carretes de hilo que estaban usando en esa labor y lo cortaban con unas tijerillas, chupando el extremo para poder enhebrarlo a la primera en la aguja y dejándolo prendido al cojín para poder ir cosiendo con diferentes colores según pidiera la cenefa. Entonces se ponían el dedal, y como si de violinistas de orquesta se tratara, empezaban con el movimiento acompasado de introducir la aguja por el punto exacto de la tela y sacarla de nuevo tirando y levantando el brazo hasta que el hilo quedara bien tenso sobre el mantel, una y otra vez, aguja para dentro y para fuera, brazo arriba y abajo, cambio de hilo, humedecer el borde y enhebrar guiñando un ojo, hilvanar una nueva cenefa, reubicar el mantel sobre el cojín, mover los alfileres, y otra vez aguja para dentro y para fuera. Una sinfonía bordada que aquella tarde se interrumpió cuando mi balón tiñó de arena y polvo el mantel casi acabado de una de ellas mientras yo corría gritando ¡Gol del buitre!. La vieja, vestida de luto y con moño canoso, agarró la pelota y clavó la aguja pinchando la única diversión que había encontrado en ese abandonado pueblo.

—Te hemos avisado, cariño —dijo mi abuela mientras levantaba el brazo tras dar la última puntada.

A la mañana siguiente estaba pateando una cajetilla de tabaco vacía que me había encontrado tirada a la puerta del bar cuando apareció por la entrada del callejón la urraca con un niño de su mano que sujetaba una pelota apoyada en la cadera, de la misma manera que nuestras abuelas llevaban su caja de labor. Cuando me vieron, ella le dio un leve empujón en el hombro para que empezara a hablar:

—Hola, me llamo Nicolás. Mi abuela me ha dicho que a lo mejor quieres jugar conmigo al balón…