AMIGOS
JUAN LORENZO COLLADO GOMEZ | VIENTO

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A falta de media hora para las dos, caminaba por la alameda procurando no llamar la atención.

Iba recorriendo las calles en silencio, despacio, disfrutando del paseo. Todo iba bien, como otras veces que había hecho el trayecto hasta que uno de los leones me habló. Yo ya había hablado con ellos muchas veces pero que Daoiz girase la cabeza aquella noche y me dijera que me fuera a casa a dormir la mona hizo que se me produjera un nudo en el estómago y el corazón pareciera que me iba a estallar.

-La chica que iba contigo ayer me gustó mucho.

Intervino Velarde mientras sonreía y se atusaba la melena, que se movía al viento carente de la rigidez del bronce.

-A ver si en lugar de ligar a nuestra costa nos presentas a alguna, a falta de leonas.

El caso es que yo, cada noche, acompañado o no, pasaba por delante de aquellas dos fieras y me gustaba saludarlos y presentárselos a mis ocasionales acompañantes.

Con serias dificultades conseguí salir de la petrificación en la que se encontraban mis músculos.

-No sé por qué hablas con este pesado. No hila dos palabras con coherencia.

Velarde se estiró como si saliera de un largo sueño y se aproximó a mí.

-Tú no sabes lo que estar aquí todo el día viendo tantos trajes y vestidos, coches de alta gama, turistas que se quieren hacer una foto con nosotros, aguantando el sol y el frío y sin movernos salvo en casos como este, que estamos solos. Enciende el móvil y enséñanos el video de alguna leona cazando un antílope.

No podía creer lo que oía, pero esos eran mis colegas de correrías para la noche y no podía defraudarlos, así que busqué los vídeos de National Geographic y pasé con ellos un rato fabuloso hasta que un par que agentes me obligaron a dejar su compañía y se empeñaron a invitarme a desayunar con ellos en comisaría.