Amnesia
Ana Lázaro Verde | Ana Green

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Por más que me concentro, no logro recordar tu rostro. Siento tu cuerpo pegado al mío, escucho tu respiración agitada y aspiro tu calor, pero en mi memoria tu cara es como un lienzo en blanco, como una de esas máscaras de yeso que venden en las tiendas de manualidades para esbozar en ellas la personalidad y el color.



Me esfuerzo, me centro en tratar de recordar tus ojos, tus pestañas. Y nada. Las formas desaparecen, se entrelazan con otros rasgos anónimos, como inacabados.

Una punzada de ansiedad trepa por mi pecho resquebrajando aquella desconocida sensación de templanza. ¿No es aquello un poco extraño? Tampoco tanto. Al fin y al cabo, solo hace unas horas que te conozco, que te observé por primera vez. ¿Existe el amor a primera vista?, me pregunto. ¿Es esto AMOR?



En mitad del sueño, tus manos hurgan temblorosas en mi carne dolorida mientras yo contengo la respiración. Te rozo levemente con la yema de los dedos, luchando contra el temor a despertarte. Quiero acariciar tus mejillas, repasar tu nariz y llegar a tu mentón. Registrar tus formas a través del tacto. Recordar tu rostro. Encender la luz. Ay. Sería tan fácil como encender la luz y contemplarte de la cabeza a los pies, ya sin recato, pero no quiero romper este momento, esta magia. Ni siquiera sé exactamente dónde está el interruptor en esta maldita y extraña habitación.



¿Es amor querer quedarme ahí, junto a ti, toda la vida? ¿Aunque ni siquiera sea capaz de pensarte con precisión? ¿Es amor querer aprenderme de memoria cada centímetro de tu cuerpo? ¿Aunque sepa a ciencia cierta que irá transformándose cada día sin dilación? Me habían contado muchas cosas de la maternidad, pero nadie me advirtió de que, en las primeras horas, en la oscuridad de una cama de hospital, solo querría recordar tu rostro.