Amor a primera tila
Raquel Pons García | Nïm Flores

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Si nos hubieras visto aquel día, jamás habrías dicho que aquella noche la dejaría embarazada.

Me senté al fondo de mi cafetería favorita. El libro de Joseph Conrad sobre la mesa de madera, pegajosa, y una margarita en el ojal de la americana. Esas eran las señas con las que tendría que reconocerme. Me sentía ridículo, diminuto y pedante. Más de una vez pensé en levantarme y marcharme, pero, igual que el libro, una sustancia pegajosa me retenía expectante.

La cristalera, que creaba una distinguida barrera entre los clientes cafeteros y los transeúntes que se paseaban helados, engullidos por abrigos desleídos y bufandas kilométricas de lana, me devolvió un reflejo lamentable. Imagínate mi sonrisa crispada, el labio superior tembloroso de puro nervio, el bigote incipiente, bromista vello en mi rostro de lechuguino. Aquel reflejo traslúcido dejaba ver a un pobretón temblando de miedo. La americana, lejos de ensanchar mis hombros y darme un aspecto corpulento y varonil, me engullía. Se tragaba mi cuerpo menudo como se tragaba la margarita. Cada vez que me revolvía en la silla, sentía que las hombreras se apretaban y la costura se ceñía sobre la espalda, asfixiando mi columna vertebral como una hilera de huesos de aceituna haciendo la conga uno tras otro. Pensé que, si tardaba mucho en llegar, cuando entrase por la puerta de mí no quedaría más que la americana y el libro.

—¿Te pongo otro café? —la camarera, con aire apacible.

—Sí. No, mejor un coñac. No, no. Olvídate, un café. Bueno, no me pongas nada, cuando llegue mi acompañante, pedimos. Vete, vete.

La camarera se dio la vuelta con una sonrisa tierna en el rostro, pero que se divirtiera a mi costa no me hizo ni pizca de gracia. Qué desazón. La seguí con la mirada y vi cómo me preparaba una tila. ¿Te lo puedes creer? Lo que hace la confianza.

La infusión aún humeaba en mi mesa cuando ella llegó. Entró por la puerta impelida por una ráfaga de viento que revolvió su cabello. Durante un par de segundos su pelo le impidió ver nada. Tomé aire y agité en alto El Corazón de las Tinieblas para que me viera. Por poco tiro a Marlow por la borda. Atento. Mi pecho palpita al ritmo de sus pasos. Ta-cón, ta-cón, ta-cón, ta-cón. Voy a darle dos besos. Ella extiende la mano, golpea la taza y se derrama en mis pantalones. Abrasa. Grito. Grita. Culmino los dos besos. Sonrío. Sonríe. Nos relajamos. El pintalabios tiñe sus dientes de rojo, como si hubiera ido al galope hasta un campo de amapolas para comérselas a dentelladas. La margarita ha desaparecido del ojal y Conrad está en el suelo, empapado. No importa.

No es de recibo contarte lo que pasó luego. A fin de cuentas, es tu madre. Quién diría que después de aquel encuentro surgiría la chispa. Y fíjate, veintitrés años desde entonces, y ninguno de los dos ha sido capaz de acabarse el dichoso Corazón de las tinieblas.