AMOR A PRIMERA VISTA
Claudia García Morán | CUPIDO

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Las tardes de domingo tienen en ocasiones una duración que los relojes convencionales son incapaces de computar. Se alargan interminablemente —un ciempiés errático y mutante— arrastrándose por el cuarto de estar, por el balcón, por la cocina, por toda la casa, sin más pretensión que quedarse allí pegadas, como la grasa de las sartenes sucias o los tatuajes de la primera adolescencia.



Sabía muy bien adónde iba. Desde que me había mudado a Madrid dos años atrás, algunos sitios de esta ciudad caótica y perfecta se habían convertido en una casa fuera de casa, en un refugio, en un oasis que se aparece de vez en cuando en las traicioneras arenas del desierto. Aquella tarde el plan era simple. Sentarme junto al Templo de Debod durante un par de horas, liar un cigarrillo para dejar que se apagara entre mis dedos, leer algunas páginas, pelar una mandarina apartando cuidadosamente cualquier resto —soy muy maniática en eso— de la pielecilla blanca que rodea a los gajos (‘albedo’ se llama: acabo de mirarlo en el móvil), y esperar a que el sol comenzara a desaparecer en un atardecer que parecerá un cuadro de Monet, una de esas puestas de sol por la que los turistas de las islas griegas pagan un pastizal.



Leía sobre los distintos tipos de amor que distinguían los griegos, pero ya casi no me acuerdo. Seguro que uno es eros y otro es filia. Lo explicaba muy bien aquella filósofa en el librito que llevaba, pero estaba mi cabeza más pendiente del chico que acababa de colocar un taburete y una mesa plegable muy cerca de mi terraza improvisada. Sacó también una pequeña máquina de escribir Olivetti en la que insertó un folio en blanco. En un atril de madera colocó un cartel: “POEMAS PERSONALIZADOS”.



Abandoné la curiosidad por el pasado y me dejé llevar por la curiosidad hacia el presente. No había mucho público aquella tarde en el parque cercano a la plaza de España. Algunas familias con niños descontrolados y algunas parejas dedicándose a ser parejas. Me acerqué al poeta. Me saludó con una sonrisa. Yo me ajusté las gafas y le respondí al saludo sin reticencias y sin preocupaciones. Era una sonrisa en una tarde de domingo. Y eso no es poco. No es cuestión de dejarse llevar solo por dejarse llevar, pero…



—¿Quieres que te escriba un poema? —me preguntó.

—Solo si no es un poema de amor —le respondí.



Aquel poeta nunca llegó a escribirme el poema. No fue capaz. Y no creáis que fue por falta de ganas o por torpeza. Es que, desde aquel momento, comenzamos a hacer otras cosas que le han tenido muy entretenido. Ahora mismo, por ejemplo, acaba de salir de la habitación y está en la cocina pelando dos mandarinas hasta dejarlas sin resto de esa piel blanca que ya no me acuerdo cómo se llamaba. Mientras tanto, yo sigo leyendo a una filosofa americana que dice que el amor no existe.