Amor de última primera vez
Silvia Llamazares Angulo | Livia Llangu

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Tuvimos múltiples ocasiones de encontrarnos durante todos estos años y cualquiera de ellas hubiera sido la perfecta. Sin embargo tropezamos en el momento menos esperado, en el lugar menos propicio, con la razón menos indicada y para nuestro desconsuelo, con la más fatua de las excusas.



Ese día me dijiste con mirada vacía a la nada, apurando un whisky caro cuyo hielo hacía largo rato se había fundido entre recuerdos y promesas, que aunque parezca incongruente, hay un sinfín de primeras veces esperando a la vuelta de la anterior. Simplemente un tupido velo de convenciones nos haría aparentar frente a nuestros ojos que ya se había esfumado la incógnita del misterio al creer que, por absurda interpolación, eso que como novedad pensamos, no componía más que la repetición disfrazada de algo ya vivido. Esta no sería así.



La silla frente a ti se hallaba vacía, como empezaba a estarlo la bebida a tu derecha. Con un movimiento casi autómata, la camarera te sirvió otra ronda idéntica a la primera, tanto que podría pensarse que esa misma fuera. Sin embargo en ese instante y en ese lugar, ya sólo sería la segunda. Eso sí, el primer sorbo de esa libación volvería a ser el inicial, con un regusto ligeramente similar al último, pero diferente. Más frío y más nuevo. Observé llevar tu mano hasta los papeles de periódico a tu izquierda con la misma indiferencia que en el recorrido de las gotas del cristal legando apenas un deleble poso sobre la mesa.



Extasiada aún, no me ha dado tiempo a explicarte que ni siquiera debería estar ahí.



Vagaba con rumbo rutinario, fuera de ese café, entre los silencios de esas almas vacías que atestaban la calle en una huérfana tarde de otoño cuando, como un foco de oscuridad, tu mirada a través del escaparate con inscripciones despellejadas, atrajo mi deambular hasta que el tintineo de la campanilla rompió el silencio instaurado en el fluir del nexo.



Tampoco esperaba colocarme en frente con la ligereza apenas del murmullo que hacían las hojas al pasar. Una ojeada al titular y se marchaba otra primera de las muchas veces veces ¿qué le hacía una menos al infinito? Mantuvimos la conexión preliminar sostenida en un eterno instante congelado, consciente ambos que tras su ruptura habría perdido todo aquello que lo hacía único e irrepetible para nuestra colección: la sorpresa de constatar que ni tú me esperabas en esa precisa ocasión, ni yo había planificado que la ocasión fuese la idóneamente precisa.



Mojaste el dedo en el labio inferior antes de llevarlo a la esquina translúcida del papel de sucesos, con una impasible parsimonia, producto del intrínseco pensamiento tranquilizador que dirigió pausadamente la irracionalidad de una razón enloquecida. La primera sólo podía ser la última que nos encontrásemos y lo admitías con la sabiduría de quien se sabía enamorado de su fin.



Quisiste acompañarme, ahíto de la vida, mientras a mi paso junto al whisky, quedaste allí inerte, entre revuelos de corazón partido, llantos fríos y ausencia repentina.