Amor del bueno
Paloma Luengo Perez | Jimena Castan

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De pequeña tenía un diario de Mafalda. No entendía bien las viñetas y lo que el maravilloso autor quería decir con sus diálogos porque eran mas políticos que de amor. Lo importante es que era bastante fiel y tenía un hábito bastante bueno para mi corta edad. El otro día haciendo limpieza lo encontré por casualidad. Me acomodé en la cama y empecé a leerlo como si yo no hubiese escrito ni una palabra. Me sorprendió la claridad y agilidad de palabra que tenía, casi me atrevo a decir que más que ahora mismo. Contaba todo lo que me pasaba. Desde el desyuno que había tomado hasta el pijama de estrellitas que había estrenado. A medida que iba pasando las páginas se ponía más interesante. Yo quería acción y saber qué pensaba que esa edad. A la mitad del diario averigüe que me gustaba un tal Enrique. Haciendo memoria me acordé de que fue mi amor platónico con el que nunca crucé una palabra. Gracias a la inocencia y a no ser correspondida pude escribir tantas palabras dedicadas a él. Idealización, ilusión…cómo quiera llamarse. Qué bonito era sentir así. Lo más grave que podía leer en el diario era «hoy me ha mirado» «hoy me ha rozado». Nunca hablé con él pero me mantuvo con la esperanza de que algún día me hablase , que me invitara a una Coca Cola o me pidiera que saliera con él. Por supuesto eso nunca pasó. Ahora estoy casada y tengo dos niños y marido, y aunque este fue mucho más directo, hoy reconozco que leyendo mi diario Enrique fue mi primer amor.