616. AMOR DEL SIGLO XXI
Nicolás Felipe Senderowicz Slucki | Nico Sende

Cuando mi bisabuelo conoció a mi bisabuela, se levantaba a las 4 de la mañana en Toledo, caminaba una hora y media hasta la fábrica de zapatos, sin desayunar y sin zapatos; trabajaba 17 horas con un parón de media hora para comer, generalmente un bocadillo de mortadela sin pan (a veces sin mortadela) y volvía a casa a las 23 de la noche. Nunca le pregunté por el desfase horario. Aun así, le daba tiempo a escribir una carta de 45 minutos de su puño y letra dirigida a su amada, que obviamente vivía en otro mundo, en Cuenca.

Nunca entendió que mi amor por mi mujer es el mismo que el suyo por la suya, pero actualizado. Mi Jennifer me dice que su historia es super romántica, pero una vez le dejé un post-it diciéndole que le preparaba la cena y lo único que me preguntó es qué hay de cenar. El amor hoy es otra cosa. Es volver de fiesta y tener en el microondas un plato de pasta listo para calentar. Es ofrecer el último bocado de la tarta de chocolate y plátano. Es liar dos pitis sin preguntar. Es parar la serie cuando entra el apretón.

También recuerdo que mi bisa tardó meses en conquistar a Erme. Iba a su casa una vez a la semana a hablar con su padre, para pedirle permiso para “empezar una relación amorosa con su hija”, según sus propias palabras. ¿Cómo le explico para que entienda que eso en lugar de ser romanticismo es todo lo que está mal con la igualdad? Además, hablar con mi suegro es como una entrevista de trabajo; no puedes dudar ante ninguna pregunta y, como es obvio, respondo correctamente hasta la última pregunta. No señor, por más que lo hacemos no es para tener hijos.