AMOR EN LA IGLESIA
ANTONIO NAVARRO RODRIGUEZ | Mamen Costa

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Estaba siendo un buen domingo. Paseé por el Rastro, comí en LaMucca y mi miedo se debía a que por la tarde había quedado con Teresa, una chica del grupo de amigos de mi hermana Ali que me traía loca desde hace tiempo.



-Diana no te ilusiones, Diana no te ilusiones… Pues nada. Diana ilusionada como una boba pese a que la primera vez que Teresa y yo nos íbamos a ver a solas era, nada más y nada menos, que para ir a misa en una iglesia del barrio.



No creía en la existencia de un ser perfecto y todopoderoso. Lo más parecido que se me ocurría era ella, pero aún así decidí aceptar su invitación y acompañarla al templo.

-«Te vas a divertir»- me dijo con una pícara sonrisa.

Puse cara de póker, pero callé por no meter la pata. Menos mal.



Llevaba años sin pisar una iglesia pero intuía cómo era la ceremonia que iba a encontrarme.

Teresa llegó puntual y me invitó a pillar «un buen sitio». El colmo de la locura. Cuando salió el sacerdote y nos bendijo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo resoplé y pensé que todo aquello era tan previsible como aburrido.

-¡Atenta! -me dijo guiñándome el ojo izquierdo.

Es verdad que el sacerdote leía como los ángeles y que la iglesia estaba a reventar, lo que demostraba que aquellas misas eran muy excitantes para su audiencia.

No obstante, ninguna de estas dos cosas fue la que me dejó la boca desencajada (por primera vez). Detrás del altar se había colocado un muchacho con una guitarra y unos amplis y parecía prepararse para comenzar a tocar en cuanto el padre Ángel terminara su ácido comentario sobre lo relatado en el evangelio. El chico le daba un aire a un conocido cantante, lo cual despertó mi curiosidad.

En el momento en el que asintió con la cabeza y lo escuché decir «cuando me hiciste llamar no sospechaba»… sentí que los ojos se me iban a salir de las órbitas. Era él, el puto Iván Ferreiro cantando la de los años 80. Los jóvenes estaban como locos y había señores de unos 70 años cantando a pleno pulmón que se sentían «como el niño que algún día fueron».

Ferreiro no hizo ni dijo nada que incumpliese los diez mandamientos, pero es que lo último que me esperaba aquella tarde es que una actuación suya precediera un apoteósico espectáculo de impro, unos truquitos de magia del padre Ángel (hizo desaparecer a una niña el muy loco) y la salida de un cantante que no podía ser quien yo pensaba que era. Bueno, eso creía hasta que se puso a corear lo de «y al llegar a casa me preguntan oye donde vas cabrón» y quedé rendida ante la evidencia. Robe era el colofón perfecto para una ¿misa? que había hecho las delicias de los fieles. Teresa volvió a sonreírme mientras dejaba un billete de diez euros en el cepillo de la iglesia que estaban pasando. Me pareció hasta poco.