Amor querido, amor odiado
Esperanza Macarena Expósito Molina | Calíope

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«La muerte es dulce; pero su antesala, cruel” Camilo José Cela.



Todavía recuerdo mi primera cita con ella… Fue con dieciocho años. Estaba nervioso, pero no podía visualizar tal estado. No podía ni permitirme una gota de sudor, aunque por dentro estuviese empapado. No me podía temblar el pulso, porque defraudaría a mi familia, en especial a padre, que me había instruido desde muy niño con especial dureza e hincapié para ese momento. Él me había explicado que ella formaría parte de mi vida, lo quidiese o no, que era mi destino y no podía negarme a él. Era un matrimonio pactado.



«Aprenderás a amarla» me consolaba.

Es cierto, que ya la había visto en otras ocasiones, pero fugazmente. Sabía que era ella, pero no distinguía sus facciones. Y aunque intenté retrasar nuestra cita, eso sólo hacía la antesala más cruel.



Era consciente que ese «matrimonio» reportaría un gran beneficio económico para mi familia. Porque padre estaba cada vez más mayor, y le estaban empezando a temblar las manos, y en su trabajo eso no lo podían permitir. Madre estaba enferma y yo era el mayor de nueve hermanos. Tenía una gran responsabilidad con mi familia.



Sería un apestado social, sí, pero también una gran celebridad y es que… trabajar para esa “mujer” era todo un espectáculo.



En esa primera cita, mi familia estaba en primera fila, claro. Debían ser testigos de mi debut. El pueblo, se comodaba sobre bancos y sillas, mientras esperaban el momento. La capucha que formaba parte de mi uniforme estaba parcialmente destinada a salvaguardar mi identidad, pese a que todos me conocían



El señor comisario subió al estrado con la guardia portando al reo y depositó sobre mis manos enguatadas una bolsa de cuero donde sonaba mi primer jornal. Colocaron al reo en posición y sin vacilar rodeé su cuello con la soga.



Y mientras se le leía los delitos por los que iba a ser juzgado. Mi primera ejecución. Apareció ella. Paseándose con sensualidad y maestría entre la muchedumbre que chismorreaba ajena a ella. Su rostro estaba cubierto por un velo negro con finas trasparencias y mientras subía las escaleras, estrechaba en su mano derecha una guadaña que brillaba con elegancia ante los destellos del sol. Después dirigió sus pasos hacia mí y se detuvo a escasos metros. Se levantó el velo y…me perdí en sus profundos ojos negros



De repente, ella acarició mi hombro con sus gélidas manos y señaló con sus escuálidos dedos a la víctima. Me susurró al oído un: “Nuestra primera cita, pero no la única” Y tiré de la palanca…



¿Alguna vez se han parado a pensar que todo el mundo tenemos programados una primera y única cita con la parca? Menos yo; el verdugo, ya que desde ese día y hasta hoy llevo ya con ella trescientas sesenta y seis ejecuciones. Y sé que ella, mi mujer, también marcará el péndulo de mi final.