AMOR SOLO HAY UNO
ANNA CLAUDIA ARRUFAT TRAVER | ANNA CLAUDIA

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Conocí a Pedro en abril. Mi mejor amiga Helena celebraba su cumpleaños en el pueblo e invitó a su novio y al mejor amigo de éste. Ambos teníamos pareja, pero la química era innegable. Eso que notas cuando estás con mucha más gente, pero la conversación está pasando entre vosotros solamente. Se quedaban a dormir en el pueblo y Pedro no había traído líquido de lentillas. Le presté el mío de Cottet Ópticas. “Hay una óptica en mi barrio que se llama así”. “Cuando vivía en Madrid debajo de mi casa estaba esa óptica y sigo pidiendo mis lentillas ahí”. “¿En la parada de metro Lista?”. “Sí, ahí vivía, en Conde de Peñalver 32”. “Yo vivo en Conde de Peñalver 32”. “Estamos destinados”. Mi mejor amiga y su mejor amigo observaban esta casualidad como un partido de tenis saltando de uno al otro con la boca cada vez más abierta. Nos despedimos y ahí quedó la bonita casualidad. Meses más tarde mi novio y yo lo dejamos. Le pregunté a Helena qué tal estaba Pedro, qué era de su vida. Con cara de pilla me contó que lo había dejado con su pareja también. Las dos mejores amigas con los dos mejores amigos era una historia demasiado peliculera para que pudiera cuajar, aun así, recordaba aquel día y me ponía mística pensando que las casualidades no existen, que todo pasa por algo, bla, bla. Se propició otro encuentro con más gente en el que otra vez fue palpable la química entre nosotros y ahora sí, la tensión sexual también. Nos besamos y fueron los mejores besos que me habían dado jamás. Las mejores caricias, el mejor sexo, la mejor conversación. Quizá sí estábamos destinados. ¿Cómo no iba a funcionar algo tan perfecto?. Por fin decidimos tener nuestra primera cita, sin nuestros amigos, solos él y yo. Cerrando bares acabamos durmiendo juntos. ¿Dónde había estado esta persona todo este tiempo?. Jugamos al ajedrez, bailamos agarrados, caminamos por la montaña, cocinamos, cantamos, fuimos al cine, echamos la siesta, dormimos abrazados y vivimos la fucking película de Disney. Acabó el verano y mi perra que había estado en el pueblo con mi madre, volvió conmigo a la capital. Recuerdo el día en el que se la presenté y como vi lo que inexorablemente iba a suceder. Picores, estornudos, rojeces en la piel. Ningún antihistamínico iba a solucionarle eso. Tuve que elegir. ¿Cómo había sido posible que un amor hubiera puesto fin a otro amor?