879. AMORES CONDENADOS
LOLA SANABRIA GARCÍA | Petirroja

Sacó el chorizo del pincho y lo dejó enfriándose en el plato de aluminio. Introdujo las uñas afiladas en la ranura y abrió la puerta. Asomó la nariz de pimentón y los dos cuernos incipientes al frío de una nube metálica. Arriba, en la balconada con flores de hielo enroscadas a los barrotes, ella susurraba a un petirrojo de cristal petrificado en el hueco de su mano. Cuatro gotitas de babas de fuego cayeron cual bombas incendiarias sobre un campo pajizo de La Tierra. Recogiendo la flecha de su cola en el hueco de su mano izquierda, dio un paso hacia delante con sus patitas cortas y retorcidas. Ella miró hacia abajo, lo vio, frunció su boquita en un corazón encogido por el desprecio y, levantando la cabeza con gesto altanero, la giró hacia un lado con un revuelo de hebras de oro. Él, sacando de su riñonera un cuaderno chamuscado en las esquinas, leyó mientras dejaba caer la cola con un restallido eléctrico, y subía la mano libre y la movía a ritmo de palabras: «Ven conmigo, ángel mío, te daré mucho calorcito y comeremos choricito».

—¡Avernino, deja de hacer el tonto y entra que se enfría la comida. Y cierra la puerta que se escapa el calor!— llamó la madre.

Ella tenía las manos enlazadas delante y la mirada baja, a punto de caer en las redes de tan linda poesía. Roto el encanto, recuperó su altivez y él, furioso, inició un movimiento de retirada, no sin antes soltar lo que quiso ser un beso volado de despedida que acabó en la llamarada de soplete que abrasó a su amada con el fuego de su pasión.