Amores cruzados
Berta Burguete Ors | Lucrecia

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I

―Tengo cero ganas de ir, tía, fijo que es un calvo, con la grima que me dan.

―Lo que puedes hacer es ir antes, le esperas fuera y si no te mola, te piras y luego te inventas una excusa. Que no haya puesto foto es ya sospechoso.

―Ya ves, bueno, yo tampoco he puesto. O sea, me encanta hablar con él y encima es muy gracioso. Bueno, me voy, luego te cuento.

II

Mientras Manu se quitaba la bata y recogía sus cosas, oyó a su asistente, Alicia, hablar con alguien. Miró el reloj con nerviosismo: apenas faltaban diez minutos para su cita; había contado cada hora, cada minuto; estaba deseando ponerle cara a Bárbara, aunque estaba seguro de que sería tan guapa como las cosas maravillosas que le decía, que no hacían más que darle vueltas en la cabeza, como si fueran prendas solitarias en una lavadora: clonc, clonc.

Alicia llamó a la puerta:

―Viene una chica con una rotura del incisivo central

Manu cerró los puños, miró su reloj y dijo ―No me lo puedo creer

―¿Le digo que se vaya?

―No, mujer, que pase…

Manu escribió en su móvil: “Perdona, me ha surgido una urgencia, lo siento de verdad, encontremos otro momento, o voy donde sea cuando acabe aquí.”

―Perdón por las horas―dijo la chica― iba huyendo de una historia que no me apetecía nada, de menuda me he librado; al salir corriendo se me ha roto el móvil y este―y señaló su diente quebrado.

―Pues nada―dijo Manu― aprovechamos que es Navidad, te pego una peladilla y arreglado.

Se rieron a carcajadas y él se puso manos a la obra; al encender la lámpara, los tres increíbles colores de los ojos de aquella chica le dejaron sin aliento. Al tomarle los labios para ponerle la anestesia se sintió temblar y notó cómo ella también se estremecía. Pero no de miedo.

Cuando hubo terminado, la chica le dijo: ―Si no te da vergüenza ir con alguien a quien se le cae la baba sin control, la anestesia, ¿eh?… podríamos tomarnos una……

Manu dio un paso adelante, con un sí brotando de los labios, pero se imaginó a Bárbara esperándole y dijo ¬―En otra ocasión, quizá.

III

Cuando Bárbara llegó a casa, habilitó su antiguo móvil e intercambió unos audios con su amiga:

―Bua, tenía yo razón: era un calvo.

―¿Pero era majo?

―No lo sé, no hemos hablado.

―¿Y cómo sabes que era él?

―Porque me ha visto fuera del bar y ha venido directo hacia mí. Al salir corriendo, me he caído, se me ha roto un piño y he tenido que entrar en el primer dentista que he encontrado y … tía, me he enamorado.…

Entonces abrió Tinder, leyó un mensaje y escribió:

“Yo tampoco he podido ir: me he caído y se me ha roto el móvil y un diente y he tenido que ir urgentemente a una clínica.”

A Manu se le cayó el corazón al suelo. Escribió:

“Tenía que haberte puesto la peladilla.”

Y eliminó el perfil de Bárbara.