Amores de cuando el mundo olía a recién pintado
Pablo Domínguez Bravo | Manicura_bibby

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Tenía 17 años y un lunar entre el moflete y la comisura de los labios. Aquel verano sonaba en las discotecas la del velero y en mis cascos el «Salitre 48» de Quique González. Ella solía decir que sería el último verano que seríamos plenamente libres, qué la adolescencia nos empezaba a atropellar y ya todo sería diferente. Su manera de dejar caer el pelo detrás de la oreja era lo que me había dado el chispazo. Y ese lunar. Supe rápido que se trataba de uno de esos afectos primerizos que se confunden cuando las aguadillas y los bailes nocturnos hacen invetable la proximidad. Intentaba llamar su atención mediante miraditas, cuando sosteníamos las cartas y le tocaba el turno a uno de los dos. También simulé que me rascaba la cabeza, en aquel cine de verano, en un intento fallido de pasar el brazo alrededor de sus hombros. Fue justo cuando muere Ben Affleck en «Pearl Harbour» y dije que se me había metido algo en el ojo. Mi candidez adolescente tropezaba siempre con las ganas de materializar aquellos furtivos conatos de acercamiento.

Quería abrazar esa curiosidad tan suya, basada en novelas de Murakami y esa madurez de las chicas de nuestra misma edad pero que empezaban a desarrollar una panorámica más amplia del mundo. Más adulta, más sofisticada.

Ella era de las que veía el elefante dentro de la Boa, en vez del sombrero, como el resto de mortales.

Que me eligiera siempre para jugar a las palas me hizo sentirme especial y eso derivó en el arrojo suficiente para acotar la distancia cuando sonaba Ave María de Bisbal. Aquellos besos húmedos de sabor adolescente. A la mañana siguiente, demasiadas vueltas de cuchara al colacao, mientras madre me decía algo que nunca escuchaba. La dispersión de estar en otro planeta, pensando en su lunar. En aquellos bailes después de habernos dado los permisos.

El verano se fue esfumando con la prisa de cuando eres jóven y temes que Septiembre ponga el epitafio de «amor de verano» a ese querer como se quiere en las coplas.



Nuestro amor de verano acabó conmigo corriendo tras el Opel Astra de su padre y ella mirando por la ventana de atrás con los ojos vidriosos. Quizá no fuera un Opel Astra sino un Ford Mondeo y nuestro primer beso fuera con BSO de Sonia y Selena y no el Ave María de Bisbal. Me gusta recordar las cosas no necesariamente cómo sucedieron sino como mi cabeza las construyó con el paso del tiempo.