AMORES Y OLORES
David Casado Domínguez | BOWIE

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Colocaba la mano en forma de pico de pato, de tal manera que entre el índice y el pulgar quedaba una pequeña abertura por la que introducía la lengua para entrenar la técnica del beso de tornillo y no defraudar a ese primer amor con el que casi todo se descubre y casi todo principia. Era una práctica común entre los chicos del barrio, pero también reclamábamos la teoría, esos consejos de los primos o vecinos mayores que ya tenían novia y sabían más de la vida y del amor.
Y algunos ensayos y consejos después, le pedí salir a Merche. Me dijo que sí, y se fue a comer a casa de sus padres. Por la tarde, en nuestra primera cita, cogió mi mano, me besó por sorpresa y me aturullé. De nada sirvió lo aprendido en los entrenos, pero no pareció importarle mi torpeza, porque dominaba la situación con maestría y nos dimos el lote en el Retiro. 
Luego me dejó; dos hijos y una mascota después, porque no era la misma persona que me besó por sorpresa aquella vez, dijo. Anhelaba evolucionar como ser humano y tenía nuevas inquietudes en las que yo no cabía. Me tragué todas las frases manidas para terminar una relación sin hacer daño, pero me lo hizo; y lloré tras mis gafas de espejo azul.
Me refugié en casa de mi primo (el de los consejos) para reponerme del golpe emocional y tratar de reorganizar mi vida de soltero (con cargas), mientras Merche evolucionaba con un monitor de bachata morenazo y guapo hasta doler.
No aguanté mucho tiempo en su piso. Era raro y tenía manías, muchas manías. Nunca ventilaba la casa. Al cruzar la puerta de entrada te recibían olores a guisos y a sofritos allí acumulados desde tiempos remotos, junto con el olor a humedad propio de una planta baja con moho, y el de los humanos y mascotas que la habitábamos. Y ese hedor fusionado caminaba contigo, trabajaba contigo, se acostaba contigo, se colaba hasta tus entrañas y se quedaba a vivir allí, nutriendo una halitosis incompatible con la vida en sociedad.
Fuera ya de la casa de los olores, tardé años en depurarme y recuperar mi aroma natural. Hasta ese momento, todos los planes diseñados para reordenar mi vida sentimental quedaron paralizados. En ese impás, crecieron los niños, se graduaron, se enamoraron también, se independizaron en precario y vivieron en pareja (abierta).
Luego conocí a Herminia. Me enamoré como un colegial a pesar de mi cincuentena y, por primera vez, experimenté el gozo sexual en todas sus dimensiones y formas conocidas. Pero duró poco. Herminia me regaló dos años maravillosos, los mejores; hasta que mi corazón no resistió los embistes de posturas sexuales imposibles que copiamos de un canal porno.
…Ayer estaba preciosa, de luto riguroso, en mi funeral, junto a mis hijos y sus parejas, mi primo el raro y algunos vecinos aburridos que fueron a pasar la tarde a la iglesia de los Padres Nemesianos.