1199. AMPARADA
JOSE ANTONIO HORCAJADAS ALMANSA | San Telmo

Amparo, sus arrugas y sus huesos, se sientan por las tardes en el balconcito azul que apunta al campanario. Alguna vez a alguien le contó -que a su vez le contó a alguno-, que nació el día anterior a terminar la guerra civil (aunque jamás citó el lugar). Lo contó y contaron que su madre la dio a luz y falleció pariendo, pero más murió con una sonrisa inacabable después de haberla visto, satisfecha, suave y entera. Y contó (acaso para que supiese el mundo y todo lo que hubiera alrededor), que su padre fue un republicano voluntario de quién sabe dónde, qué quién sabe adónde fue, y que hubo entre ellos un fuego de artificios que iluminó la noche del granero para siempre. Y entonces sucedió: Amparo, ya desde ese mismísimo encuentro de las aguas, comenzó a sentarse en un balcón azul, su mirada ahora vieja volcada a las campanas.
Tiene un jilguero Amparo. Y cuentan que contó que el ave le nació allí mismo, apenas ella dijo su primera palabra: “pájaro”. Se llama Pluma, y su jaula viaja hasta el balcón todas las tardes, apretada entre los brazos de Amparo. Y en sus rodillas permanecen sostenidos ambos hasta que el sol se fuga.
No lo contó Amparo, pero sabemos los vecinos: turista que pasa, cámara que va sobre ella mirando al campanario y acunando a Pluma. Entonces viajan, ave y mujer, a distintos puntos del planeta. Para belleza de quien mire aquella foto, venida de fuegos de artificio que rasgaron el cielo allá en la última de las noches libres, Amparo canta bajito una nana para el niño que le ha nacido pájaro.
Jamás Amparo contó, ni lo ha contado Pluma (y no por no saber hablar, sino porque -alado como es- siempre supo guardar un secreto) qué hace de las rejas del balcón hacia adentro de sus mares, de qué cosas se alimenta el vientre de su cotidiano, el orden o el desorden de sus frascos, en qué lengua se comunican con ella sus objetos, sobre qué superficies resbalan sus horas sin campanario a la vista… “Vaya a saber qué creen los vecinos” -dice Amparo, y ave y mujer se ríen. “Vamos, que es hora de mirar campanas”, agrega. “Y de escuchar la nana” -piensa incluso la jaula…
Se fue. Una tarde en que el sol aguardó a Amparo hasta medianoche, no la vimos más ni en el balcón ni en su mirada. Quedó vacía la silla que fue su planetario; ni una sola palabra dijo del asunto (aunque contaba su partida, de espaldas por primera vez al campanario)… No habrá más fotos hacia el extranjero, ni habrá más nanas cantadas despacito. Además, la jaula de Pluma estaba abierta.
Las campanas nos contaron que Amparo murió. Yo no les creo. Sostengo que mujer, pájaro, niño, recuerdos y nanas (montados en una alfombra tejida con fuegos de artificio de amor de tiempos libres), se fueron volando. Así me lo contó este sol.