ANA, MI PRINCIPIO.
María Rita Morán Sánchez | L. Marc

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Me gusta, cuando paseo por la ciudad, fijarme en las ventanas de los edificios, imaginarme cómo es la vida de esas personas que viven ahí, ¿qué habrá detrás de esas cortinas? me preguntaba y solía pensar en los oscuros secretos que tendrían y, en esas estaba cuando llegué a mi restaurante favorito. Entré y me acomodé en una mesa enfrente de la ventana. Para poder ver a la gente que caminaba de un lado a otro, frenéticos. Me sirvieron el café y mi cita apareció. Alta, morena y con el pelo corto, ojos grandes, piercing en la nariz y un libro en la mano.

– Hola, soy Ana. Eres Marc ¿verdad?- dijo.

Y solo con eso me imaginé una vida junto a ella. Imágenes de nosotros juntos en la librería de debajo de su casa, en el Retiro, un beso bajo la lluvia que nos había pillado sin paraguas, la presentación a mi madre con un plato de croquetas en el centro de la mesa, las noches de pasión en su cama, mis abrazos cuando a ella le denegaron el doctorado, el viaje a Berlín, el día en que me pidió la mano, el día en que nos casamos en la notaría. Todo eso pasó como en un segundo por mi mente. Y me encantó, y sonreí.

– Sí, encantado. Te pega el libro. El misterio digo.

Y no paramos de reír en toda la cita. Aquella maravillosa primera cita. Me fijé en que todo el restaurante nos observaba. La camarera cuchicheaba detrás de la barra con su compañero. Sí, envidia `pensé, era normal. ¿Cómo no iban a sentir envidia cuando estaban presenciando la primera cita de lo que iba a ser el mejor romance jamás contado? Probablemente ellos no lo vivirán y, con suerte, alguno de ellos podrá rozarlo con la punta de los dedos. Pero no, no será como esto que estamos construyendo Ana y yo. Ana. Si hasta su nombre dejaba claro que era perfecta, sencilla, el tipo de chica que es el principio. Y en efecto, mientras me reía de todo lo que me decía y miraba sus expresivos ojos marrones no hacía más que confirmar que ella era mi principio. Era un nuevo yo.

– Disculpe, ¿desea algo más? – Dijo la camarera.

– No, gracias, creo que vamos a seguir nuestra conversación fuera, podemos ir andando hasta Cibeles, sí será buena idea, nos dará el aire y con suerte conseguiré mi primer beso.- Contesté.

Pagué la cuenta aunque ella insistió en hacerlo, pero la dije que ella invitaría a la siguiente. Así me aseguraba de que hubiese un «siguiente». Y nos fuimos, y noté que todo el mundo seguía mirándonos. ¿Cómo no iban a hacerlo, éramos «el principio».

– Cada vez la gente está peor, ¿verdad? menos mal que ya se ha ido. Me estaba dando un poco de miedo verle hablar y reírse solo, que mal rollo. Creo que podría escribir un libro con todas las anécdotas que tengo como camarera.