ANATOMÍA DE UN DESASTRE
PATRICIA ORTEGA LÓPEZ | PATIDIFUSA

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Aparco el coche frente a mi casa y antes de salir de él ya sé que algo horrible ha pasado. La puerta de entrada está entre abierta. Desde el estómago me sube un calor por todo mi cuerpo hasta llegar a mi cabeza, se me perla de sudor el rostro. Sí, reconozco que siento miedo de lo que puedo encontrar detrás de esa puerta, pero aún así, doy un paso hacia delante y la traspaso. El paso de los valientes, de los toreros, de los que prefieren enfrentarse a su propio miedo. Todo está en penumbra. El hedor que emana del salón entra por mis fosas nasales y llega como si fuera un cohete hasta la última neurona de mi cerebro. Esto hace que mis pupilas se abran a manera de agujeros negros que absorben información a borbotones y comienzo a detectar el desastre. El almohadón del sofá esta reventado, la lámpara de sobre mesa está abatida sobre el suelo, la araña del techo, hereda de mi familia, pende de un hilo como si alguien se hubiera balanceado en ella. ¿Qué ha pasado aquí? Los motivos brotan en cascada en mi cerebro. Mi casa ha sido asaltada por un grupo terrorista. El FBI se ha confundido de dirección y ha hecho un registro salvaje. Sigo escaneando desperfectos. Los cojines están desparramados por la alfombra como si se trataran de misiles amontonado y entre ellos veo la planta de un pie alzado. ¡Un pie humano! Corro torpemente hacia él, aparto los cojines. ¡Es el pinrel de mi hijo! Enloquecida, desentierro su cabeza del mar de almohadones que le ahogan. Sí, todavía respira. Está vivo. Abro la mano y le aplico dos bofetadas bien dadas. La botella de Vodka que veo tendida a su lado me lo ha contado todo. Abro la boca y una bocanada de fuego sale por ella como si el propio diablo me hubiera poseído: “Javier, ¿qué tipo de desastre es este? Tienes toda la casa manga por hombro. Exactamente te doy media hora para ordenarlo todo y que no te lo tenga que repetir. Como se entere tu padre, vas listo”. Me hago consciente de las palabras que acabo de vomitar y corro hacia el baño huyendo de ellas, mientras lo hago me voy encontrando otras pruebas, más y más botellas de alcohol, y tengo que sortear de camino al baño algún que otro cadáver con un aspecto tan adolescente como el de mi hijo. Me refugio en ese frío habitáculo que una vez llamé “mi cuarto de baño para invitados” y es entonces y solo entonces, cuando al mirarme al espejo la veo a ella. Es el reflejo de mi madre. ¡Me he convertido en ella! Al pronunciar esas palabras que juré en mi juventud que nunca pronunciaría, soy irremediablemente mi madre. Y la veo ahí, en es espejo riéndose de mí. Y me temo que esta no va a ser la primera vez ni la última en que desde mi boca lance sus sentencias.