ANFITRIONA
Ángela Hidalgo del Moral | Ángela

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Llevo dos días en su casa, siguiéndola con la mirada, intentando no incordiar, ocupar el mínimo espacio, ser la invitada que no está. El idioma ciertamente representa una barrera cultural. Ella trabaja, yo preparo el examen al que me presento. Su novio, mi compañero, prefiere estudiar en la biblioteca. Yo busco la excusa para estar más cerca de ella, y al mismo tiempo me da vergüenza. Es un quiero y no puedo. Ni debo.

Noto que no le molesto, que su único interés en mí es el de ejercer de anfitriona modelo, pero nada más allá de esto.

Acabado el examen, toca recoger, marcharme, el avión no espera a nadie.

Anna entra en mi habitación, me dice que viene a despedirse. Yo me planteo hacer algún tipo de comentario jocoso sobre el hecho de que la mayoría de sus muebles, tanto sus mesas como sus puertas, son correderas. Algo que me hace gracia pensar, que no se han dado cuenta, que ha sido algo casual. Pero dudo, puesto que no sé si va a entender la broma, si le va a gustar. No quiero ofenderla, puesto que ya me siento suficientemente intrusa en su casa. No sé cómo actuar. Quizás demasiado formal. No, decido, no voy a hacer referencia alguna a sus muebles, aún así ella continúa frente a mí. Abro los brazos para darle un abrazo. Seguramente piense que soy una excéntrica por dicho gesto, pero ella lo acompaña acercándose todavía más a mí. Se queda ahí plantada, me da un beso en los labios. Un momento. Quizás yo lo haya malinterpretado. Nunca antes he besado a una mujer. No quiero forzar nada. Me quedo parada. Adelanto mi cabeza apenas unos centímetros para ver qué pasa. El beso se repite, no eran imaginaciones mías. Se prolonga, agudiza, se intensifica. Mi mano derecha se dirige hacia su cadera, hace un leve contacto con su piel antes de que yo la retire rápidamente. No quiero hacer nada que provoque que lo que está ocurriendo termine. Respondo a sus movimientos concentrada en no perderle el paso marcado por sus labios. Segundos después nos separamos. Nos miramos. Ella se da la vuelta y sale por la puerta sin mirar atrás, sabiendo que no nos volveremos a encontrar.