ÁNGELO
José Gregorio Martín Plata | Pablo Hernández

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Entramos en contacto por internet hace como unos veinte años. Yo había salido de mi primera relación de pareja importante y en los canales de internet se podía encontrar una fórmula para contactar con otros hombres, cuando todavía no habías decido salir del armario.

Estaba soltero de nuevo y con ganas de entrar en el mundo amoroso sexual. En uno de esos canales entré en contacto con Ángelo. Después de las primeras conversaciones quedamos en enviarnos una foto para ponernos caras, y lo hicimos a través de nuestros respectivos correos electrónicos.

Habíamos quedado en entrar todos los días a las 9 de la noche, con nuestros seudónimos conocidos, y hablábamos por un largo rato cada jornada, y así nos fuimos conociendo. El día que recibí su foto me quedé encantado con aquella figura masculina.

En la foto se reflejaba la figura de un joven esbelto, moreno, con un pelo afro enorme, y sólo llevaba puesto un bañador slip negro. El conjunto de la foto era muy atractivo y me gustó. Empecé a fantasear con aquel muchacho atlético que había despertado mi curiosidad y que había tenido la suerte de encontrar.

Ángelo me dijo que le había gustado mi foto y que le parecía un tío muy atractivo. Después de vernos y haber tonteado con insinuaciones de claro contenido sexual, como no vivíamos en la misma ciudad, quedamos en encontrarnos en una ciudad que se encontraba situada entre las nuestras. Yo elegí una cafetería bar que siempre tenía en mente porque la había inaugurado Sara Montiel.

Esperaba el día con excitación porque me gustaba la persona a la que había ido conociendo, era profesor de Literatura en su ciudad, y además me sentía atraído por el hombre de la foto.

Estaba impaciente por verlo llegar, y me saludó, sin yo esperarlo, un hombre al que no reconocí. El hombre que me decía “soy Ángelo” era un hombre mayor. Cuando al fin me di cuenta de que era mi cita, al fijarme en el pañuelo que llevaba anudado al cuello y su forma de actuar, bastante afectada, me vino a la cabeza un escritor español que salía con frecuencia por el televisor.

Yo lo observaba entre fascinado y enfadado. Me sentía estafado porque aquel hombre no era quien me había hecho creer cuando me envió la foto, pero a la vez me encantaba observar cómo administraba frente a mí su mentira. Yo me sentía incapaz de reprocharle su engaño, y me dediqué a comprender, a quien no se sentía un estafador. Me preguntaba, sonriendo con picardía:

– ¿No vas a hacerme por debajo de la mesa las cosas que me dijiste?

Yo disimulaba para no ofenderlo contestándole la verdad, y esquivaba sus insistentes preguntas.

Cuando transcurrió el rato suficiente en que yo pensaba que había sido lo suficientemente generoso, le dije que tenía que irme. A partir de ese momento hasta que finalmente nos separamos, su otra pregunta fue:

– ¿Volverás a llamarme?



Nunca más supe de Ángelo.