ANGULO
MARGARITA SÁNCHEZ GUERRERO | MARGA

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De mi primer amor, sólo recuerdo el apellido: Angulo. Sin embargo su imagen permanece en la memoria: alto, delgado, con el pelo muy negro, y un flequillo que, continuamente, se peinaba con los dedos. Usaba vaqueros con vuelta y tenía una bicicleta con barra, en la que paseaba a “otras” chicas. Yo estaba enamorada de él.

Vivíamos en la misma calle. Nuestros padres tenían buena relación y, a veces, me enviaban a su casa con algún recado que, por supuesto, llevaba encantada.

En una de mis visitas, él estaba dibujando «¿Quieres ver mis dibujos?» preguntó, y me los fue mostrando mientras comentaba detalles. Estuvo tan simpático conmigo que me convencí de que le gustaba, y me atreví a decirle:

—Yo también tengo un dibujo. Te lo puedo enseñar.

—Claro, cuando quieras, — contestó.

—Pues mañana, que es sábado, y me dices qué te parece.

—Vale, pues hasta mañana —se despidió.

Al día siguiente, con mi dibujo de un árbol, que me parecía estaba muy logrado, me dirigí a mi primera cita con Angulo. Por el camino, nerviosa e ilusionada, para parecer mayor, me solté la coleta y guardé el lazo en el bolsillo Llegando al portal, vi que algunos de sus amigos, agarrados a sus bicis, le esperaban, y, con ellos, varias chicas. Todos me ignoraron.

No me dio tiempo a llamar; Angulo ya salía con su bicicleta. Cuando me vio dijo:

— ¡Hola! ¿qué quieres?

—Traigo el dibujo —contesté.

— ¡Ah!, sí. Déjaselo a mi madre.

— ¡Vamos, Angulo!… ¡Que es para hoy! — escuché que decía alguien del grupo.

— ¡Vooooy! —contestó él, y, sin despedirse de mí, se dirigió a la salida.

No sé cuánto tiempo permanecí aturdida ante la puerta abierta. Cuando salí a la calle los vi alejarse riendo, las chicas montaban en las barras de sus bicis. «No me ha hecho ni caso. Sólo le interesan las chicas mayores, como él: las de cuarto, y yo estoy en primero. Pero teníamos una cita; me había pedido que nos viéramos hoy, que le trajera mi dibujo; después lo ha olvidado y me ha dejado plantada. ¡Nunca le perdonaré!», pensé desesperada.

En el camino de vuelta, con rabia, rompí el dibujo, y, humillada y frustrada, le odié profundamente. Llegué a casa con los ojos rojos y el pelo suelto. Mi madre, estoy segura, fingió no darse cuenta.

Angulo no fue responsable, pero por su causa, de alguna forma, dejé de ser niña. ¡Sólo tenía doce años! y ya conocía el amor, la humillación, la frustración y el odio. Aunque él no tuvo la culpa, y he olvidado su nombre, después de más de medio siglo, aún no le he perdonado que arruinase mi primera cita.