ANNA
Ismael Baena Alcalá | Sam Aress

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Olía a ese perfume dulzón que me regaló mi abuela por Navidad y que usaba todos los días para que se terminara cuanto antes. La verdad, no sé por qué lo usé aquella noche, para una cita, cuando podría haberme comprado uno nuevo. Supongo que uno es un poco rata.

Estaba en la esquina del restaurante donde había quedado con Anna, la chica con la que había hecho match en Tinder una semana antes. Era guapísima y no podía ser más interesante, me parecía hasta extraño que se hubiera fijado en mí, pero supongo que decir que eres escritor siempre suele atraer a la gente (luego ya se aburren cuando ven que hay poca cosa).

Eran las 20:37. Habíamos quedado a y media, así que estaba empezando a impacientarme y ponerme aun más nervioso de lo que estaba cuando escuché unos gritos y me giré hacia mi derecha. Los faros de los coches ilumibaban a varias personas que corrían entre ellos por la carretera en lo que parecía una persecución. Como lo más interesante que pasa en mi vida diaria es que me llamen de alguna ONG, me acerqué , movido por la curiosidad y la adrenalina, y no di crédito cuando vi que la persona que huía de otras cuatro era ni más ni menos que Anna, mi cita.

No es que en ese momento tuviera mucho tiempo de fijarme en nada, pero vi lo preciosa que estaba, con una falda corta de cuero, un top que brillaba a cada paso y el largo pelo rojo saltando sobre su espalda.

Ella me vio, apretó el paso y ahí sí que noté que se me salía el corazón, porque no entendía nada. Gritó mi nombre, como para que corriera yo también. ¿Era en serio? Cuando estaba a tres metros de mí volvió a gritar:

-¡Corre!

Y ahí ya fui consciente de que pasaba algo grave (porque se ve que lo de antes no me había parecido tan raro).

Empecé a correr hacia la calle que estaba a mi izquierda, y escuchaba como ella venía detrás, hasta que me adelantó, se metió por un callejón y me indicó que la siguiera. Yo no paraba de mirar hacia atrás, pero pareció que en algún punto habían dejado de seguirnos. ¿De seguirnos? Pero si yo iba a una cita… No entendía nada.

De alguna forma llegamos a la Plaza Dos de Mayo, y ahí Anna dejo de correr y se giró hacia mí con una sonrisa resplandeciente.

-¿Qué tal, guapo?-me dijo, tan normal.

Yo estaba sin aliento, y cuando por fin lo recuperé y quise hablar, la expresión de ella cambió y pude ver como la gente que la perseguía había llegado hasta allí. Entonces me lanzó algo, un papel enrollado, pero antiguo, como un pergamino. Yo lo cogí al vuelo (sorprendente), y lo inspeccioné unos segundos, intrigado.

-Protégelo con tu vida, llevo años intentado robarlo-me dijo Anna, mientras sacaba un cuchillo de la bota y se dirigía hacia sus perseguidores.

Y hasta aquí puedo contar.