406. ANSELMO Y EL VAMPIRO
Rafael Blasco López | Longino Tinto

Desvelado por una sobredosis de patatas fritas y pimientos, Anselmo, un nonagenario de Alcázar de San Juan, leía una novela tratando de pasar ocioso las largas horas de la noche.
Un murciélago entró revoloteando por la ventana, casi cerrada, y se transformó en un vampiro que mostraba sus colmillos al anciano.
-¡Voy a chupar la sangre! -le amenazó.
Anselmo, muy tranquilo, cerró el libro y respondió con su clásico acento manchego.
-¡Pájaro, mal negocio vas a hacer! Sangre tengo poca, colesterol, mucho.
-¿No tienes miedo? -preguntó extrañado el vampiro.
-¿Miedo? ¡Si pareces un jabalí con la capa del mago que viene para las fiestas! A mí solo me da miedo la factura de la luz.
-Eres valiente, por ello, te convertiré en vampiro y te daré la vida eterna.
-¿Podré ir a la playa en tanga y marcar paquete como los muchachos modernos?
-Jamás podrás estar expuesto a la luz del sol.
-¿Y santiguarme con agua bendita en la iglesia con la Eulalia? Es qué, todavía está de buen ver…
-El agua bendita puede destruirte.
-¿Ir a la procesión y cargar el cristo yo solo?
-Nosotros somos lo contrario a Cristo.
-¡Pues vaya mierda de vida eterna! -protestó Anselmo.
-¡Podrás volar toda la noche! -lo tentó el vampiro.
-Deja, deja, con el vértigo que tengo, además, a , mis años, a las once en la cama.
-Podrás dormir todo el día en tu ataúd.
-Calla, calla, yo todavía tengo mi colchón de lana. No cambies las horas de un jubilado que lo jodes.
-Imagina un castillo entero para ti solo en los Cárpatos.
-¿Y perderme un partido del Atlético en el Calderón? ¡Y una mierda! -gritó enojado Anselmo.
El vampiro lo señalo irritado con el dedo.
-¡Voy a terminar con tu vida!
-Está bien -dijo Anselmo vencido -. ¿Puedo pedir la última voluntad?
Te la concedo por curiosidad, pero date prisa que pronto amanecerá.
-Si no es molestia, me gustaría que me mordieras en el trasero. Si voy a ver a mi parienta en el cielo, no quiero que se enfade pensando que una lagarta me ha dado mordisquitos en el cuello.
-Concedido -exclamó el vampiro desesperado.
Anselmo se bajó el pantalón y el calzoncillo, se giró mientras el vampiro acercaba la boca.
-Te doy la oportunidad de irte…¡mira que voy un poco suelto!
No pudo decir nada más. Incapaz de contenerse, Anselmo descargó un pedo diarreico que ametralló al vampiro, dejándolo tan agujereado como una red de tenis.
-¡Nada como unos garbanzos con mucho ajo! -exclamó sonriendo al vestirse.
Se acercó a la ventana y terminó de subir la persiana. Los primeros rayos del sol, hicieron arder al vampiro hasta convertirlo en cenizas. Anselmo lo miró con lástima.
-¡Qué desperdicio! Si llego a saber que el tipo este combustiona, le echo unas morcillas y ya tengo el almuerzo de mañana, ¡con lo que está subiendo la botella de butano!
Abrió la novela para seguir leyendo mientras seguía hablando solo.
-¡A mí con vampiros! Yo, que hice la guerra en el treinta y seis…