1081. ANTOLOGÍA DE ESPERPENTOS FANTÁSTICOS
Lorena Cervera García | The_Owl_Writer

En ocasiones la realidad supera la ficción, y esta es una de ellas, pues lo que me dispongo a contaros es totalmente verídico.
En una de nuestras interminables tandas de audios-podcast, le estuve contando a mi amiga y compañera de andanzas, Daniela, mi última anécdota extraída de la maravillosa App de citas «Flippinder», donde cualquier cosa que os imaginéis tiene cabida. Se podría decir que es el «cajón desastre» que todos tenemos en casa.
Tras flipar bastante (pues Flippinder hace honor a su nombre), dijo entre risas: «Vuelvo a decirte que con la gracia que tienes contando historias, y los personajes que te encuentras, deberías escribir una antología de esperpentos fantásticos».
Me quedé cautivada por aquella brillante construcción tal cual se materializó en un audio.
Le aseguré que algún día lo haría, que ese, sin duda, sería el título, y que por supuesto quedaría patente su inestimable colaboración.
Así pues, teniendo un título tan rompedor como este, y unos personajes tan increíbles y bizarros que rayan en el esperpento, me lo han puesto en bandeja.
Como sólo dispongo de quinientas palabras, os haré una breve introducción a este singular mundo esperpéntico, y quizá algún día desarrolle la antología completa.
A muchos de estos personajes les pongo motes, bueno, a los que se lo han ganado a pulso (lo que viene siendo a la mayoría).
Y así, el elegido para introduciros en este mundillo, no podría ser otro que «El Croquetas».
La gran peculiaridad de este individuo reside en el sorprendente hecho de que, al poco de sentarnos a la mesa del bar en nuestra primera (y última) cita, me soltó : «¡Pues ya verás cuando pruebes las croquetas de mi madre!».
Inciso. ¿Es que entre el ghosting y el que te quiere presentar a la suegra el primer día no hay niveles?
La cara que puse me gustaría haberla visto. De hecho se lo dije hasta al camarero, de lo patidifusa que estaba.
El señor era un cotilla de cuidado, conocía al Croquetas desde hacía tiempo, ya que solía ir a ese bar, y no paraba de venir cada dos por tres, quedándose ahí como un pasmarote y escuchando nuestra conversación.
Todo resultaba tan almodovariano, que en un momento dado me pregunté si no habría por allí una cámara oculta.
Como el camarero seguía ahí plantado, y yo, ante mi estupefacción, necesitaba tener algún testigo que corroborara que lo que acababa de suceder era real, le dije: «¡Me acaba de conocer y me está diciendo que ya veré cuando pruebe las croquetas de su madre!». Y el Croquetas dijo, algo avergonzado: «No he dicho eso exactamente… ». A lo que respondí con indignación: «¡Sí, sí que lo has dicho!».
Y me comí una croqueta intentando evitar su mirada, deseando que las croquetas del bar fueran las únicas en mi vida, aunque fueran marca Arrendado, fritas en aceite mil veces usado y medio chamuscadas.
Pues sean como sean las croquetas de tu vida, lo más importante es que las elijas tú.