APOSTASÍA
Luis Alonso Agúndez | Agúndez

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El padre Emilio intuía que aquella boda sería la más especial desde su ordenación sacerdotal. Iba a casar a Carolina, su amor platónico colegial, la chica que le cambió la vida. Aún recordaba la alegría que le supuso, enamorado hasta las trancas como estaba, concertar una cita tras meses detrás de ella. Sin embargo, Carolina nunca acudió a la que iba a ser su primera cita, excusándose en que dudaba y necesitaba ordenar sus ideas. Aquel rechazo resultó fundamental en su decisión de abandonar la carrera de industriales e ingresar en el seminario.



Pensando en ello inició la homilía.



– Unimos en santo matrimonio a Carol y Pablo, tan guapos ellos, tan inteligentes y perfectos… pues no os creáis, hasta las mejores parejas pasan por sus momentos difíciles.…



El padre Emilio reflexionaba sobre la condición humana y sobre Pablo, su amigo de la infancia, quien sólo dos meses después del plantón de Carolina empezó a salir con ella. Emilio les hizo ver su apoyo, les dijo que se alegraba por ellos y que tendrían en él un fiel amigo en el que siempre podrían confiar. Diez años después de lo sucedido se dio cuenta de que aún no había superado aquello.



Continuó con el sermón.



– ¿Verdad Pablo? Todos hemos hecho cosas de las que no estamos nada orgullosos… pero para eso está El Altísimo. Para mostrarnos el camino de la rectitud. Como pasó contigo. Menos mal que no queda nada de ese Pablo tan rebelde, ese que tenía verdadera afición a ciertas sustancias, digamos, estimulantes……



El padre Emilio disfrutaba ante los desubicados rostros del público.



– Incluso, viéndose en un problema económico por una de estas transacciones, ¡llegó a contratar a dos tipos para que robaran a su suegro y así saldar la deuda! Claro que quién iba a prever que el suegro, padre de Carolina, se fuese a defender heroicamente, obligando a sus atracadores a propinarle una brutal agresión…



Carolina interrumpió el monólogo con un sonoro ¡¡¡¡Quéeeeeeee!!!!



El padre Emilio tornó su rostro hacia la novia.



– No te enfades Carolina, todos somos corruptibles. Incluso una chica tan perfecta como tú. El Señor también te ha iluminado en tus momentos de mayor bajeza y debilidad. Solo así se explica que hayas abandonado ya por fin tu aventura con ese compañero de clínica después de seis meses de tórrido romance.



El padre Emilio consideraba que el secreto de confesión era menos importante que la edificación del santo sacramento, y que la base de cualquier matrimonio católico apostólico y romano residía en la confianza mutua y la sinceridad.



Pablo irrumpió con vehemencia:

– ¿Cómo? ¿te has estado follando a otro??



A lo que el suegro replicó:

– ¡Cállate hijodeputa! ¡robarme a mí! ¡te mato!



El hermano de Pablo contraatacó:

– ¡A quién vas a matar viejo de mierda!



Carolina, a la carrera, interpeló a su cuñado:

– ¡Oye tu a mi padre no le toques eh!



El padre Damián miró al cielo, liberado, pensando que todavía no era demasiado tarde para retomar la carrera de industriales ni para nuevas primeras citas.