APRENDER
Angel Picón Loranca | Eliseo Ortiz

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No necesito mirar la hora en el móvil para saber que son las ocho de la mañana. El despertador peludo es puntual, ni adelanta, ni atrasa. Todos los días salta sobre la cama a la misma hora. Ronronea y me mordisquea, quiere que le abra el cuarto de baño. Le encanta beber agua directamente del grifo de la bañera.

Intento dormir un poco más, pero Azrael no lo permite. A los cinco minutos me levanto y le concedo su capricho matinal. Verónica siempre decía que lo mimaba demasiado, que lo estaba malcriando. Puede ser, la verdad es que lo que le consiento a mi gato, no se lo consiento a nadie.

En la calle hace un frío que pela, ahora no me parece tan buena idea vivir cerca de la oficina. Las primeras horas de trabajo son una tortura, hemos implementado un software nuevo y hay que aprender a manejarlo. El becario es el único que se maneja con soltura ante el nuevo programa. A los demás nos va a costar adaptarnos.

Gómez me propone comer en el japonés que han abierto en la esquina. No me entusiasma la cocina asiática, pero acepto su invitación. Es lo que peor llevo del trabajo, tener que socializar con los demás. Verónica siempre decía que tenía que abrirme más, no ser tan introvertido.

En contra de toda lógica, la comida me gusta bastante. Intento disimular mi satisfacción, por eso respondo con un no está mal a la pregunta de Gómez de sí me ha gustado el sitio.

Por la noche, caigo en la cuenta de lo mucho que echo de menos a Verónica. Por un momento pienso en llamarla, enseguida me doy cuenta de lo absurdo de la idea. Debo aprender a vivir sin ella, por mucho que me duela.

Azrael lleva un rato restregando su cuerpo a mi mejilla, es inútil, hoy no me siento con fuerzas para salir de la cama. Pasado un rato, el animal abandona el dormitorio. Una hora más tarde hago yo lo mismo, llamo a la oficina y digo que no puedo ir, finjo un catarro, no me hacen ninguna pregunta.

Doy vueltas a lo mismo una y otra vez: lo hago o no lo hago. Me cuesta horrores decidirme, por suerte, el cuerpo me pide cafeína, así que dejo de pensar, necesito un café y una tostada, aunque acabo comiendo unas galletas demasiado dulces.

Después de desayunar, enciendo el ordenador de la salita, el escritorio no aparece en la pantalla hasta el cuarto intento, no recordaba la contraseña. Navego por el buscador hasta dar con la web adecuada. Siento que estoy traicionando a Verónica, pero me pesa más la soledad. Ya no aguanto más, he tenido muchas dudas, pero ya está decidido, lo voy a hacer.

Miranda es la elegida, el asistente virtual más novedoso del mercado. Conexión seis punto cero y compatible con todo el software de mi piso. Espero que le gusten los gatos negros, Verónica los odiaba.