1329. APUESTAS ARRIESGADAS
Ana Maria Abad Garcia | Salamandra

‘- Bueno, qué, ¿te decides o no?
Valentina revisó por enésima vez las cartas que tenía en la mano. Las desplegó una a una ante sus ojos, empezando por la esquinita, y luego volvió a cerrar con un golpe seco el abanico que había formado. Golpeteó con las uñas, cuidadosamente lacadas en rojo sangre, sobre el tapete de fieltro verde. Se mordió el labio inferior. Inspiró hondo.
Consciente de que todas las miradas estaban fijas en ella, movió con rapidez la mano para arrojar sus últimas fichas al montón que ocupaba el centro de la mesa. Luego, alzó unos ojos tan desafiantes como azules hacia su rival. Luisa, muy sonriente, formó frente a sí una pulcra pila con una cantidad de fichas idéntica a la de Valentina y, tras una breve pausa efectista, acercó a la primera una segunda pila de la misma altura, empujando ambas hasta el montón central.
Valentina sintió que se le secaba la boca. Entrecerró los ojos, estudiando la relajada despreocupación de su adversaria. “Va de farol”, decidió por fin. Y, en un impulso insólito en ella, siempre tan prudente y comedida, garabateó algo a toda prisa en un papel, lo dobló en dos y se lo tendió a Luisa. Ésta lo abrió y su lectura le mudó el gesto: la flemática sonrisa que flotaba en sus labios viró a un genuino asombro hecho de cejas alzadas, rápidos parpadeos y aliento contenido.
Los demás jugadores, que habían ido quedando fuera de esa ronda hasta dejar solas a las dos mujeres, frente a frente, las observaban expectantes, mirando alternativamente a una y a otra, como si en lugar de una partida de naipes estuvieran presenciando un partido de tenis. La tensión se podía cortar con un cuchillo cuando Luisa cabeceó, dando por buena la apuesta, y clavó sus ojos negros en las cartas que su oponente apretaba entre los dedos.
– Póker de damas -cantó Valentina, triunfal, extendiendo sobre el verde mar de fieltro cuatro figuras femeninas de coronada testa.
Luisa bajó despacio su mano: escalera de color.
Valentina palideció visiblemente. Tragó saliva con dificultad y torció el gesto, mientras su mente volaba hacia su marido, que en ese mismo instante estaba en casa, acostando a sus hijos.
“A ver cómo le explico yo ahora a Jorge que me lo he jugado al póker”.