Aquel café que nos robó el tiempo
Jorge Juan Coello Chapela | Ricardo Montenegro

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Como cada noche, como cada día, Jaime de Alarcón, desde su oficina en la Gran Vía, se sentía más solitario que nunca. Pese a ser muy cabal y soñador a partes iguales, había dejado de creer en el amor desde aquel nefasto día.



Cada noche, ya con la redacción de su modesto periódico sin el trajín de los reporteros, en su despacho, recordaba ese encuentro en el Café Gato Negro, en pleno corazón de Huertas con aquella joven tan apasionada que había llegado de León a la capital, con sueños de literatura y libertad. Se llamaba Elvira Carranza de Tomelloso, el último descubrimiento literario de Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán.



Su abuelo, Felipe Carranza y Burgos, había sido cronista de la España mágica y, gracias a él, Galdós, había descubierto la pasión y el arte de la escritura. Una intrahistoria que nadie conocía en Madrid. La amistad del viejo Carranza y el padre de Galdós, fue determinante para que tengamos el legado de uno de los mejores escritores de nuestra historia.



Galdós y Bazán, querían hacer lo propio con la jovencita Elvira, darle una oportunidad de cumplir su sueño de escritora, y así, cerrar un círculo.



Emilia Pardo Bazán, por su parte, se sentía maravillada con las letras de la meniña Elvira, «¡sólo 16 años!», decía, entre aspavientos en los cafés literarios, «sólo 16 años…», susurraba la gallega mirando el atardecer de Madrid desde los jardines del Palacio Real, «¡sólo 16 años!», sentenciaba en la pescadería del mercado de San Miguel con la mirada estupefacta de Manoliño, el pescadero.



Elvira Tomelloso, sin duda, iba a dejar huella. Así fue, el editor Jaime de Alarcón, quedó maravillado con sus escritos y por la belleza de su alma. En aquella primera cita, la complicidad de ambos fue extraordinaria. Pese a la presencia de Las Sinsombrero y sus amigos literatos y artistas, Elvira solo tenía ojos para el editor.



Jaime de Alarcón, supo que aquel día era posible amar incondicionalmente, era como si estuviera escrito en sus destinos. Y se preguntaba, apesadumbrado, cómo había pospuesto ese encuentro tanto tiempo pese a las recomendaciones insistentes de don Benito. Hablaron durante horas, los sueños de ambos eran el eje de todas sus conversaciones, la jovencita escritora, tenía ya dieciocho años, sus padrinos literarios ya habían fallecido.



Todo parecía ir con normalidad, pero en aquel viejo Madrid, lo extraordinario, a veces, traspasaba nuestra realidad. Elvira, esperaba a Jaime en los sótanos del café que llevaban, al parecer, al mismísimo Teatro de la Comedia, encontró una extraña puerta y la abrió. Un destello inundó su rostro.



Como cada día, como cada noche, Elvira, en su mirada, todavía joven, ojeaba con tristeza en Lamucca, un centenario ejemplar de El Imparcial que había encontrado en la Cuesta de Moyano.



Madrid, 15 de abril de 1924

«El editor, Jaime de Alarcón, falleció anoche en su oficina a la edad de 33 años. Nunca superó –dicen– la extraña desaparición de Elvira Carranza de Tomelloso».



Por Ricardo Montenegro