954. AQUEL GUISO TURCO
Edgardo Foressi Giagnorio | Edgartes

Noche de festejos; gran banquete. Romance con un guiso lujurioso donde reinaban garbanzos, batatas, coles, ajos y alubias. Claro, no fue inocuo para mi humanidad. Sin poder dormir, corrí varias veces al baño, aunque sin evacuaciones aliviadoras. Revoluciones cuasi volcánicas; hinchazón abdominal creciente. Pero justo aquel maldito día juntáronse obligaciones impostergables; debía salir, alejándome peligrosamente de mi acogedor sanitario.
Primer compromiso: entregar informes esenciales al otro extremo de la ciudad. 
Mientras esperaba el autobús comenzaron tumultuosas alarmas internas. Ya en viaje se agolpaban los primeros gases con intención de fuga. Los más audaces irrumpieron al exterior en silencio aunque impregnados de un fétido aroma. Como siempre las miradas comienzan a pesquisar; pero la aglomeración hace casi imposible dar con el terrorista odorífero; el culpable del bombardeo sigiloso podría ser cualquiera. Ante tal impunidad sentí cierto placer malicioso. Los más torturados son quienes van sentados. Suelen ‘fumarse’ fragancias que flotan sin destino murmurando tibias quejas. Mis emanaciones inundaron el ambiente con hedor casi tóxico. Creo que hasta vi ojos lagrimear. Llegué a destino. La oficina estaba en el piso 29. Conmigo subieron inocentemente al ascensor varios mártires. Apenas comenzó el movimiento mi vientre pareció acompañar aquel impulso traicionero. Un exuberante gas asomó intrépido, traté de retenerlo… sin éxito. Los primeros efectos no tardaron; en segundos el elevador olía a cloaca. El grupo intercambiaba ojeadas desesperadas. Esta vez sería más difícil mantener el anonimato. Varias miradas de reojo convergían en mi rostro, ya tonalizado en rojizo culposo. Al fin emergí del maloliente cubículo. Velozmente entregué los informes a la secretaria, esquivando la entrevista. El descenso no fue menos oloroso; ahora las víctimas fueron tres mujeres que se miraban sin poder entender tanta pestilencia.
Luego tuve la mala decisión de coger taxi. Mis efluvios putrefactos no amainaban. Minutos después, luego de mirarme con furia por el espejo, el chófer clavó los frenos y dijo: «No le cobraré el viaje hasta aquí pero, por favor, bájese ya”. No atiné ni a protestar. Bajé con mi turbulencia intestinal acompañándome. Caminando bastante abordé otra de las obligaciones ineludibles: velatorio de un pariente. Cumplidas las correspondientes condolencias me acerqué al féretro; permanecí inmóvil observando el cadáver junto a otros allegados. Mis erupciones gaseosas no cesaron ni en aquel momento. Fue cuando me dije: Si hay un Dios, ¿por qué permite este castigo?
La hediondez empezó a dispersarse alrededor del ataúd, acaso induciendo a confusiones encubridoras. Empero transcurridos algunos minutos ya nadie tenía dudas: sólo había un tremendo olor a pedos. En cierto momento hasta me pareció que el difunto arrugaba la nariz y entreabría los ojos. Ni yo soportaba tanta cochinada. A esa altura solo rogaba que cada flatulencia continuara desfilando calladamente; un mínimo sonido sería para mí el patíbulo. Antes de retirarme recibí una mirada fulminante de la viuda; mezcla entre odio y repugnancia. Me había detectado. Afuera respiré hondo (al mismo tiempo se me escapaban un par de ventosidades fervorosas y ya no tan silenciosas).
Inolvidable día, apestosamente cruel… no solo para mí. Desencantado, recordé aquel genocida guiso turco.