AQUEL VIAJE DE IDA
Rafa Chinarro González | Void

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Cuando ella bajó del tren yo ya estaba allí, esperando, al final del andén, buscando con la mirada. Sentado, fumando un cigarrillo, a pesar de haberlo dejado meses atrás: los nervios, mordiendo, como pequeñas sanguijuelas clavadas en el estómago, devorando las ganas de tenerla.

Al verla bajé la cabeza, como si la vergüenza me mirara de frente. Aspiré una bocanada de humo, tiré el cigarrillo, y me incorporé, sonriendo. Con los ojos vueltos hacia fuera, dedicándole una mirada inmensa, llena de palabras nunca dichas.

Ella hacia rodar la maleta con cara de cansancio, con la mirada perdida en pensamientos que no supe discernir. Tímida, silenciosa, con un amago de sonrisa asomándole en la cara. Fui hacia ella, sin perder de vista sus ojos. Y la sujeté entre mis brazos como si se fuera a caer, como si se fuera a romper.



—Hola —dije.

—Hola —respondió ella.



Y sólo tuve que aspirar su aroma, esa mezcla de sudor y cansancio, para saber que iba a desearla durante todo el tiempo que durara su estancia en mi vida.

Sentí sus pechos, pequeños, clavándose en mi pecho, justo bajo nuestro abrazo. Sus manos en mi espalda, tratando de memorizar cada uno de mis huesos. Las mías, clavándose como garras, para no perderla. No quería separarme. No quería escapar de ese instante.



—¿No me vas a besar? —preguntó.



No supe qué hacer. Me sentí como un niño.

Como un idiota.



—No, aún no.



Apenas recuerdo cómo llegamos, sólo sé que parpadeé y estábamos en la puerta de casa. La abrí temblando, las llaves pequeños cascabeles entre mis dedos.

Al entrar ella respiró, una, dos veces, llenándose. Se miró al espejo sólo un instante. Un poco asustada. Le hice el tour de bienvenida. Comprendió que en mi casa sólo había una cama.



—¿Dónde voy a dormir yo? —me dijo.



Lo hizo con sorna, sacando la lengua, como si quisiera jugar al gato y al ratón.

La acorralé contra la pared y le comí la boca. Labio contra labio. Metí la lengua en su interior, jugando, le mordí el cuello, todo pasión. Una de mis manos se coló bajo su camiseta y le acarició el estómago, arañando sentimientos.

Un escalofrío me recorrió el vientre.

Paré.



—¿Dónde quieres dormir? —respondí.



Ella se sonrojó, sofocada. Me sentí culpable. Le levanté la cara, sujetando su barbilla y la volví a besar. Pero ahora saboreando cada instante.

Recorrí sus labios con mis dedos. Su cara. Besé su rostro y me empapé de los efluvios que emanaban de su vientre. Pegué mi cuerpo al suyo, y me convertí en una pequeña parte de sus sensaciones.

Abrazados, atrapados en ese beso dulce, la llevé a la cama. Acaricié su pelo, su cintura. Su mirada. Y el deseo se convirtió en suavidad. Me daba miedo desnudarla por si rompía el encanto.

Paré de nuevo.



—¿Qué pasa? —dijo.

—No lo sé, simplemente no quiero que se rompa.



Y ella, con los labios entreabiertos, me comprendió.