Aquellas caras grises
Carlos Pérez-Sauquillo Roig | Charlie PSR

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Son las ocho de la mañana y estoy esperando a una clienta, que aún no conozco, en una cafetería de esas que por tener sillones y wifi gratis, se toman la libertad de cobrarte por un café en un vaso de cartón el equivalente a un barril de petróleo.



La clienta debe de ser de las beatas de “El manual del buen líder”, un documento que data de 1920 y que habla de sandeces tipo: “siéntate en un lugar de mayor altura para hacerles parecer más pequeños”, “habla en un tono superior”, “gesticula mucho” porque hoy a mí me ha tocado sufrir la máxima de “hazles esperar para demostrar quién manda” y citándome a esta intempestiva hora en la que un día normal seguiría en fase rem bajo mi edredón.



Mientras espero a este proyecto de CEO, miro por la ventana y me fijo en las personas que pasan por delante. Analizar a las personas me entretiene mucho y se me da bastante bien, incluso pienso que si hiciera una prueba en el FBI me contratarían al instante al ver mis increíbles facultades.



Empiezo a observar a todos los autómatas matutinos. Sus gestos, comunicación no verbal, caras e incluso ojos, tienen el mismo patrón: están vacíos. Todos danzan con prisa hacia su propia autodestrucción, a ese cubículo donde durante ocho horas al día son infelices y se fraguan cobardes con inseguridades vitales.



Pero de entre todo ese tumulto grisáceo, empieza a florecer una luz que dota de color a esta mañana lluviosa. Una mujer que con paso firme esquiva a todos los zombies laborales.



Me viene a la cabeza la escena de Closer, cuando Jude Law ve al otro lado de la calle a Natalie Portman mientras suena “I cant takes my eyes of you”. ¡Puta televisión! Provoca que no podamos tener sentimientos ni vivencias puras.



Después de analizar lo gestual empiezo a fijarme en lo carnal. Tiene unos ojos a juego con su sonrisa, de esos que ríen a la vez que la boca sonríe. ¿Por qué brillarán a estas horas de la mañana?



De repente, entra en la cafetería. ¡Qué suerte la mía! Empieza a mirar de un lado a otro del local. ¡Claro, ese era el motivo de su sonrisa! Habrá quedado con su novio. Por la longitud de la misma, uno muy reciente. De golpe nuestras miradas conectan. Por mi caliginefobia no tratada, me entra vergüenza y disimulo mirando mi portátil mientras oigo que empieza a dirigirse hacia mi zona, hasta que cesa el ruido de sus tacones contra el gres del suelo. Por el rabillo del ojo veo que se ha parado junto a mí. Alzo la mirada y antes de que pueda establecer contacto visual con esos alucinantes ojos, me dice:

-¿Eres Carlos?

A lo que a duras penas contesto:

-Sí, encantado de…

Antes de que acabara la frase ya me había lanzado su mano y su sonrisa se había vuelto gris, como la de todos los demás de ahí fuera.