Aquellas cortinas
Carmen Vallejo Crespo | Carmen Pio

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La luz dejó de ser como la del pub; de repente era intensa y clara. Todo se podía distinguir. Veía cada mueble y cada objeto de ese salón. Fue entonces cuando pude ver con nitidez la profundidad de sus marcas en la cara. Su piel era grasa y su edad pasaba los cincuenta. Era un tipo sin atractivo. Se disculpó un momento y se ausentó al baño. Yo me dejé caer en su sofá Estaba bastante borracha. Mi reloj marcaba las cinco de la madrugada. No sabía muy bien cómo actuar; iba a ser mi primer hombre después de veinte años de matrimonio, así que decidí mirar hacia aquellas cortinas mientras esperaba su aparición.

“¿Cómo podían ser tan feas?” Pensé. Eran de raso verde, con pasamanería dorada y flecos en la parte baja. Su forma de telón me llevó enseguida a acordarme de las famosas cortinas aterciopeladas de la discoteca de mi pueblo, esas que separaban la pista de baile del reservado; y supongo que esto mismo me llevó a pensar en Jesús Esteban, el primer chico con el que estuve. Aún podía recordar cómo su alocada lengua giraba dentro de mi boca ¡Oh Dios! La verdad es que ni siquiera me gustaba, pero estaba tan ansiosa en esos tiempos por entrar en aquel reservado. Recuerdo que necesité beber para dar ese gran paso, aunque iba mucho menos borracha de lo estaba en ese momento en aquel sofá.

No quiero que suene a excusa, pero lo cierto es que debo reconocer que bebí demasiado . Mi amiga y yo nos habíamos ido de fin de semana, una escapada rural. Ella también se estaba separando. Después de cenar fuimos a aquel pub. Una hilera de hombres llenaban la barra. Era un local pequeño. Enseguida nos sentimos la novedad de la noche. Bailamos como adolescentes, reímos alto y nos dejamos mirar. La ginebra hizo el resto. Donde antes veíamos paletos viejunos con los que nunca nos iríamos a la cama, ahora veíamos algo distinto. Aunque sinceramente lo que más recuerdo de aquella noche fue la inmensa sensación de venganza que iba creciendo dentro de mí con cada copa que me tomaba. Tenía unas ganas locas por resarcirme con mi ex, y a pesar de que era yo quien lo había dejado, no sé muy bien porqué, necesitaba hacerlo. Quizá fuese porque él no había tardado ni tres días en buscarse a otra, además mucho más joven que yo. De ella tan solo conocía su nombre: Ana; y si lo sabía era porque él no paraba de nombrarla. Así que esa misma noche decidí probarme a mí misma que yo también era una mujer atractiva, que yo también podía conseguir a alguien mi lado y por eso acabé borracha, en aquel salón, mirando esas cortinas de raso verde, esperando a un hombre que no me gustaba nada y pensando en mi primer beso, ese que me dio Jesús Esteban.