1142. AQUÍ HAY GATO ENCERRADO
Victoria del Alba Esteban García | Amanecer

En toda mi carrera como geólogo no había visto una cosa igual. Era inmensa. De un color azabache con pinceladas de diferentes tonos de marrón. Superficie rugosa, parecida a un conglomerado. Sí, sin duda era la mayor mierda que había visto en toda mi vida. Y lo peor es que no estaba en un yacimiento arqueológico ni podía atribuirse a un animal de enorme envergadura. Esa cosa de olor putrefacto era mía, un joven humano escuálido que, al expulsarla, por decirlo de una forma fina, se había quedado prácticamente sin fuerzas para levantarse de la taza del wáter.
Un WC ajeno, por cierto. En concreto, de una maravillosa chica mexicana con la que acababa de tener una cita bastante fogosa. No piensen mal, me refiero a lo picante de la comida, que había caído en mi estómago como la lava de un volcán. Y ahora estaba ahí, enfrentándome a los restos solidificados de ese magma, que sobrepasaban con creces las capacidades de absorción del inodoro. Es algo que me ha enseñado la experiencia: «si el mojón es más grande que el retrete, no tires de la cadena, Josete». En esas ocasiones solo hay una solución: sacar los excrementos y tirarlos a la basura como si fueran los de una mascota.
Para realizar esta tarea se necesitan guantes y un par de bolsas de plástico, no vaya a ser que se produzcan fugas. Pero, obviamente, que no me encontrara en mi propia casa dificultó con creces esta misión. Tenía que apañarme con lo que había, inspeccionar con avidez el terreno y actuar rápido para evitar sospechas. Os sorprendería lo que se conoce a una persona analizando la organización del servicio. En este caso, por la cantidad de utensilios de Disney, desde colonias con forma de Cenicienta hasta una manopla exfoliadora de La Sirenita, podríamos decir que Yanira era un alma joven, creativa y soñadora. O bien, una mujer muy infantil con la cabeza llena de pájaros que cantan y te ayudan a elevar las sábanas mientras haces la cama.
Pero aquí lo importante no era psicoanalizar a Yanira, sino encontrar herramientas para realizar la escatológica labor. La primera candidata ya la he nombrado. La manopla. Solo me faltaba la bolsa. Por mucho que busqué, no encontré nada que pudiera valer hasta que de repente me topé con la solución a todo.
En una esquina del baño había un arenero de gato. Actué entonces sin pensarlo. Cogí la manopla, saqué mis deposiciones del wáter y las enterré en el arenero. Después lavé la manopla y volví a dejarla en su sitio.
Al día siguiente recibí un mensaje de Yanira preguntándome si había cagado en el arenero. Lo negué. Si alimentaba a su gato con la misma comida que me ofreció a mí, perfectamente podría haber generado un excremento de ese tamaño. Sin embargo, su respuesta me dejó sin réplica: su gato había fallecido hacía dos semanas.
Desde entonces mis amigos me llaman gato e, irónicamente, me funciona maravillosamente como gancho para ligar.