1494. ARENA EN LOS BOLSILLOS
ERNESTO ORTEGA | Veraneante

Canicas. Cromos de fútbol. Un chicle de clorofila. Es increíble todo lo que puede llevar mi hijo en los pantalones. Siempre tengo que mirar bien dentro de todos los bolsillos antes de lavarlos, para que no se me vuelva a estropear la lavadora con una piedra o una chapa de cerveza, como la última vez, por no hablar del día que me encontré una rana entre la ropa limpia. Seguro que se le olvido sacarla. Me miraba desafiante. De vez en cuando se ponía a croar y expulsaba pompas de jabón. Yo me la hubiese quedado, que en casa nos gustan mucho los animales, pero cuando la iba a coger dio un salto y salió por la ventana. Botones. Una moneda con la esfinge de la reina de Inglaterra, ¿de dónde la abra sacado? Anda, el cubo de rubick, por fin, aparece, llevábamos semanas buscando. Pistilos. Estambres. Y un ramo de margaritas, seguro que las ha cogido para mí y luego se le ha olvidado dármelas. En el fondo es un cielo, pero mira que es despistado. Hasta la bicicleta de su amigo Lucas me he llegado a encontrar –me dijo que se la había prestado y no se había acordado de devolvérsela–. A ver, que aquí parece que hay algo más que no logró alcanzar. Meto la mano y la estiro, pero se me escurre entre los dedos. Voy a asomarme. Asomo la cabeza. Parece que es algo brillante. Introduzco medio cuerpo. Un brazo, el otro brazo, me estiro. No llegó, me estiro un poco más con tan mala suerte que, de repente, me resbalo y, como si descendiese por un tobogán, caigo en el interior. Menos mal que hay algo que amortigua el golpe. Debe ser arena que habrá cogido del parque, por lo menos hay dos toneladas. Lo mismo me podía haber dado con una piedra en la cabeza y haber perdido el conocimiento. Con tanta arena podría montar una playa artificial en casa. A ver si viene su padre y me ayuda a salir, que tengo que hacer la cena, aunque si por mi fuese, me quedaría un buen rato.