ARGELIA
ANGEL EDUARDO ESTEVEZ MARTIN | LUIS XIV

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Argelia es guapísima. Unos 23 años mayor. La edad nunca importa. Frente al espejo, el penúltimo retoque a mi pelo. Dos semanas de espera, ahora solo media hora. Cómo pueden parecerme ambos plazos eternos, cuando acabo de cumplir 34 años.

Bajé la escalera al trote, acompañado de esa sensación continua de boca seca. La última mirada cara a cara en el cristal roto del zaguán. Salí a la calle, hacia mi cita, solo a unos veinte minutos caminando. No me lo creo. Cómo hacerlo en el primer encuentro, quizá abrazarla, ¿estaría muy mal besarla directamente?; me moría de ganas.

Pensaba en aquella fotografía, tocar su pelo algo ensortijado, mirar a esos ojos castaños muy claros, la sonrisa algo triste y una piel demasiado blanca como única nota externa que quizás tuviéramos en común. También su perfume, cómo olería la mujer de aquella fotografía…ojalá se me quedase grabado para siempre.

Apenas estaba a unos pocos pasos del punto acordado. Pensé incluso que ella no vendría. Que era imposible, que nunca podría conocerla. Llegué. Casi las siete en punto. Metí las manos en los bolsillos de los vaqueros. Febrero, hacía frío. Me apoyé en la farola justo por fuera del ventanal principal de la cafetería. Cerré los ojos. En qué podemos pensar cuando es la primera vez. En qué pensarían ustedes si nunca la habríais visto.

Creo que fue puntual. Una voz muy suave a mi espalda pronunció mi nombre. Me giré temblándome las piernas. Era la mujer que había esperado toda mi vida. A partir de aquí no puedo contar nada más. No puedo describirla. No porque fuese la primera cita con ella, sino porque es imposible describir a una madre.