Arréglame la vida
María Dolores Moret Ibáñez | DOLORES M.

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Arréglame la vida

Todavía recuerdo cuando nos conocimos. Ese día de primavera en el que todo comenzó, me desperté decidida a comerme el mundo y solucionar por fin la yincana tóxica en la que se había transformado mi vida amorosa en los últimos años.

Me arreglé a conciencia. Me puse un vestido de colores nuevo y, mientras me miraba en el espejo, sentí aquella ilusión que me había abandonado en los últimos meses.

—Seguro que esta vez será diferente —pensé mientras me atusaba el pelo con la mano.

Salí a la calle y me percaté de que marzo ya había decorado los árboles con las primeras flores. La primavera se notaba en el ambiente y en el carácter de los viandantes anónimos que, de pronto, me sonreían al pasar, como lo hacen los figurantes con los protagonistas de las películas.

—Todo irá bien —me repetía una y otra vez.

Llegué a la cita temprano y tuve que esperar más de treinta minutos para encontrarme con él. No me gustaba la gente impuntual, pero sabía que podía arreglar mi vida y darle un giro de ciento ochenta grados, por lo que decidí que la espera valía la pena.

Sentada, revisé una y otra vez su feed de Instagram. Solo lo conocía de las redes sociales y por ello, estaba muy nerviosa. En aquellos minutos eternos, observé a las personas de alrededor y me pregunté si ellas también se sentían así. De repente, había dejado de estar eufórica y comenzaba a hacerme pequeña. Un sentimiento de incertidumbre me devoraba. Definitivamente el buen humor había desaparecido.

Por fin llegó el momento. En aquella época, él solía llevar unas gafas redondas que lo hacían parecer más viejo. Por ello, tuve la sensación de que era mucho mayor que yo, aunque solo nos separaban un par de años. Llevaba el pelo largo, casi por los hombros y aquella barba de días a la que tanta manía llegué a cogerle en las siguientes citas. Me miró de arriba a abajo, con esa tranquilidad que siempre le ha caracterizado y me sonrió, transmitiendo confianza.

—¡Hola, soy Isabel! —le saludé mientras me colocaba frente a él.

—Hola, Isabel, qué bueno conocerte —sonrió de nuevo.

Y, en ese momento, comenzó el ataque de verborrea que siempre me arrastra cuando estoy nerviosa.

—La verdad es que no sé por dónde empezar. No es la primera vez que hago algo así, pero nunca me ha ido del todo bien. No obstante, algo me dice que esta vez va a ser diferente. Desde que oí hablar de ti, supe que eras la persona indicada, a la que estaba buscando. Creo que puedes transformar mi vida y volver a darle sentido.

En aquel momento me miró a los ojos y anotó de forma rápida algo en la libreta que llevaba con él.

—Vamos a comenzar por algo fácil —propuso—. Cuéntame, Isabel, ¿qué te ha hecho empezar esta psicoterapia?