ASOMBRO
Sofía Recio Martinez | Luna

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Durante la tarde habíamos estado con el grupo, montando en bici por las afueras del pueblo.

Cada gesto suyo, cada sonrisa, sus manos, su boca, su forma de andar, de liderar.. todo en él me atraía con una dolorosa fuerza.

Deseaba tenerle cerca, rozarnos, tocarnos.

En los alrededores de la ermita había una plazoleta cerrada por un muro donde se intercalaban unos bancos. Era un lugar oscuro y apartado en el que sabíamos que, por la noche, no solía haber nadie. Subimos hasta allí, cada uno en nuestra bici. Esta vez los dos solos.

Nos recuerdo de pie, sobre uno de los bancos. Apenas nos podíamos ver. Ambos tanteábamos el cuerpo del otro con timidez y cierto nerviosismo, sin saber muy bien dónde o cómo besar y acariciar. Cuando me subió la camiseta, al sentir la caricia de sus manos en mis pezones, me sorprendí de pronto respirando tan profundo y rápido que mi atención se fue hacia eso que estaba ocurriendo en mi cuerpo por primera vez. Notaba el latir de mi corazón como si estuviera fuera del pecho y un dulce calor que bajaba por mi vientre.

Aún hoy, cuando evoco esa noche, el recuerdo más nítido son esas nuevas sensaciones y reacciones de mi cuerpo, que me abrían una puerta hacia un nuevo mundo, que prometía momentos similares , y me cerraban el de la niñez .