906. ASUNTOS PROPIOS
ÁNGEL R. BARRIOS RODRÍGUEZ | RAFAEL BONAMASSA

Reseña de «A cada uno su esguince», de Ramón Giner.
No soy aficionado a la lectura de libros de carácter científico, autoayuda o hágalo usted mismo, y menos aún a la reseña de este tipo de obras. Sin embargo, el ejemplar que aterrizó el otro día en la mesa del despacho, arrojado con furia e indignación por el infravalorado traumatólogo y amigo, Julián Stavros, obró el cambio en mis rígidas costumbres literarias. El título que el autor, un tal Giner, (al que nada relaciona con la medicina ni con cosa alguna que tenga que ver con tobillos), elige para esta… obra, es intrigante, caprichoso y, aunque odio decirlo, acertado.
Estamos ante casi doscientas páginas que pretenden incitar a cualquier sujeto que tuviese la desgracia de leerlas, nada más y nada menos que a provocarse un esguince de motu proprio y conservarlo durante el mayor tiempo posible. Giner, al que no se le pueden escatimar ni sus conocimientos en prevención de riesgos laborales y menos aún la forma en la que los tergiversa, justifica esa oportuna lesión auto infringida, como punto de partida con el que disfrutar, como mínimo, de dos semanas de «jugoso absentismo laboral». Lo documenta con la más variada gama gráficos y estadísticas. Es más, lo garantiza: en el Capítulo I, en el que asegura sin ningún pudor a sus intrépidos e incautos lectores que el procedimiento funciona, esgrimiendo un vago «se lo juro», lo que en principio deja a la obra huérfana de argumentos que contrasten sus teorías.
Ahonda Giner, y esto a mi modo de ver, es lo más revolucionario del texto que estamos reseñando, en la práctica, en los procedimientos. Es en el terreno del pragmatismo donde el autor se desenvuelve con maestría. Se ofrecen al lector variadas técnicas, tanto para provocarse la lesión, como para agravar la misma por un tiempo, que a Giner, si se tiene la necesaria dedicación y el suficiente compromiso, se le antoja indefinido.
Fue el epílogo, ilustrado a todo color, la gota que colmó la paciencia de mi querido amigo, Stavros. En esta parte final, este desnortado autor, nos descubre varios ejercicios para superar con éxito la revisión de los médicos de mutua más expertos. «¿No es esto un delito en este país?», preguntó Stavros, sin darme tiempo si quiera a ojear el panfleto. Sin duda, la portada, con la cara de Giner señalando con su dedo índice al posible comprador y un difuminado y cutre dibujo de un pie inflamado, debería serlo.
Se trata, en definitiva, de un catálogo de timos, fraudes y estafas a la empresa privada y la Seguridad Social. Así no conseguirá Giner amigos en el sector sanitario y puede que en ningún otro, salvo en el de los detectives privados y vendedores de teleobjetivos potentes. Los descerebrados y vagos que sepan leer y tengan el infortunio de cruzarse con esta… lectura, se lo agradecerán al autor desde las colas del paro o los pasillos de los juzgados.