895. ATILA (UNA HISTORIA VERDADERA)
JUAN JOSE BOSCH MOLINAS | JOAN

Atila es un diminuto caniche loco, de pelo esponjoso y ojos saltones, que suele fugarse del departamento de sus amos para extraviarse tontamente por el edificio.
Vivir en un Condominio en Barranquilla, Locombia, está, a nivel de seguridad, ligeramente por debajo de Fort Knox, así que el chucho termina, sediento y con la mirada extraviada, en brazos de alguno de los guardias del predio.
Su dueña, Doña Ladyana de Santis, cónyuge de un conocido magistrado, es una vieja momia espectral, rellena de silicona, que no está menos ida que su mascota.
Los De Santis ocupan el semipiso de la planta 16, justo encima del nuestro. Un ventanal, desde el que se contempla una vista panorámica del Río Magdalena, da acceso a una imposible terraza, azotada durante casi todo el año por un vertiginoso “vientico”.
Aquel sábado por la tarde, me acerqué al centro comercial. Al volver, noté un cierto tumulto en la recepción, al que no concedí mayor importancia porque eran relativamente frecuentes entre la bulliciosa fauna local, especialmente en fín de semana.
Al llegar a casa mi esposa me salió al paso…
– ¿A qué no adivinas qué ha pasado? –notaba cómo la historia se le escapaba entre los labios de pura excitación
– No. Ni idea
– Pues que se nos ha caído un perro en la terraza
– ¿Perdón?
A veces el mensaje desborda los límites de nuestra racionalidad y le atribuímos, automáticamente, un código de error automático.
– Pues eso, que se nos ha caído un perro en la terraza
– ¿Muerto?
– No, vivo
Sorprendido, dejé la bolsa de la compra en el suelo y la miré
– ¿Vivo? ¿Un perro vivo? ¡Pero si estamos en un piso quince!
Ella asintió, satisfecha al notar cómo se fraguaba una historia candidata a figurar en el anecdotario familiar
– ¿Y cómo ha sido? –pregunté
– Pues, en realidad… no lo sé. Estaba cocinando cuando, de repente, me ha parecido escuchar un golpe. He pensado que era el viento y no le he prestado mayor atención.
– ¿Y…?
– Pues que, al cabo de un rato, he empezado a escuchar ruidos. Como jadeos. Y después un ladrido. Me he asomado y afuera, en la terraza, empapado, jadeaba un caniche, pegado al cristal de la ventana.
– ¡Coño! ¿Avisaste a Seguridad?
– Sí. Ha subido Nelson y al verlo me ha contado que es Atila, el perro de la vecina. Se lo ha llevado en brazos.
– O sea… ¿que se ha caído de su balcón y ha aterrizado, milagrosamente, en el nuestro?
– Exactamente. Eso parece. Nelson dice que un golpe de viento le habrá empujado hasta nuestra terraza mientras caía.
El caso es que, a partir de ese día, cada vez que Atila se cruza con nosotros en el vestíbulo, saluda emocionadamente a Maribel. Y hemos tenido que contar la historia una y otra vez, claro, porque no a todo el mundo le aterriza un caniche en su terraza del quinceavo piso.