989. ATRAPADO POR EL DEDO
Sonia Sendra Crespo | Kus

Entré en la primera cabina telefónica que vi, era de cristal. Quedaban muy pocas de ese tipo en la ciudad. La puerta plegable atascada no se podía cerrar. Cuando fui a cargar el móvil de prepago, el cajero se tragó la tarjeta de crédito. Parecía un día perfecto para acabar con mi vida. La noche anterior había pillado una turca monumental y al llegar a casa me encontré una nota de mi mujer enganchada en la nevera. “Esto no funciona”. Al abrir la nevera y ver la luz encendida supe que me había dejado. En vano intenté contactar con ella durante todo el día hasta que mi jefe decidió despedirme también. Saqué una moneda del redondo portamonedas heredado de mi abuelo. Marqué el número de la Marina.
– Quisiera alistarme en la Marina.
– ¿Sabe usted nadar?
– ¿Qué pasa, es que no hay barcos?
Me tomaron los datos tan lentamente que se me acababa el dinero y al introducir otra moneda se cortó la comunicación. Introduje el dedo corazón en la cajetilla pero allí no estaba. De repente me di cuenta de que estaba atrapado por el dedo. Golpeé la cabina, el portamonedas cayó de canto y salió rodando. Un borracho tropezó con mi pie, que intentaba alcanzar el monedero. El hombre se tambaleaba y me preguntó cuántos chichones tenía en la cabeza. Eran tres chichones. “Estupendo, solo me quedan cuatro árboles para llegar a casa”.
Le pedí que me acercara el monedero y el hombre se hizo el encontradizo. Sacó las monedas y me lo devolvió vacío. Horas después vi a una abuela, sorda como una tapia, que salía a tirar la basura. Apareció también una mujer apoyada en la esquina de la calle. La llamé y le hice un gesto con la mano. “¿Es a mí?” Yo le sonreía, ella entró en la cabina y empezó a acariciarme el miembro. “No, por favor, no es eso. Yo solo quería una moneda”. Pero uno no puede resistirse a según qué cosas. Una alegría entre tanta desgracia siempre es bienvenida. Cuando acabó le ofrecí lo que quisiera si me ayudaba. “Son tres mil”. No me ayudó.
Al subirme los pantalones dos muchachas salieron huyendo pensando que era un vil exhibicionista. Un tipo con muy malas pintas, que decía “gavina” en lugar de cabina, me robó el reloj y pasé a ser la diversión de unos jóvenes que, mientras bebían cerveza, fumaban canutos y comían pipas, fueron llamando a sus amigos para observar mi magnífica degradación. Al espectáculo se sumó la señora sorda con su vecina, en bata y zapatillas, las chicas escandalizadas y una treintena de personas, entre ellas la prostituta y su proxeneta. Finalmente llegaron los bomberos y uno de ellos, ante mi rostro estupefacto, introdujo una moneda en la ranura, apretó el botón de devolución y se abrió el cajetín dejando mi dedo liberado. Preguntabas por qué siempre voy con el dedo corazón levantado.