AUDICIÓN SIN SON
Eva Gálvez de Lucas | Ujo Kirjailija

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Llevaba meses preparándome para una oportunidad así. No es que me lo tuviera creído, pero según todos los que me habían escuchado cantar, «lo hacía muy bien y debía dedicarme a la música profesionalmente porque ¡cuánta gente con peor voz había triunfado!». Por eso, decidí probar suerte. Alguna vez tenía que ser la primera. En las últimas semanas, había ensayado sin descanso, me había preparado varias versiones, había tratado de hacer los temas míos y estaba convencida de que había hecho un buen trabajo. Pero en cuanto entré por la puerta, me vine abajo; allí había demasiada gente, y todas las chicas eran mucho más guapas y atractivas que yo. Me quedé petrificada en la puerta planteándome por un momento si realmente merecía la pena pasar allí horas cuando estaba claro que no habría lugar para mí. No dejaba de llegar más y más gente, así que no me quedó más remedio que entrar, pues poco menos que me empujaron hacia dentro.

Me asignaron el número 537. ¿En serio habría tantas personas delante de mí? Pensé que pasaría allí días hasta que me tocase actuar, pero la cosa iba rápido. Los que entraban no pasaban más de cinco minutos dentro.

La chica que tenía al lado debió de darse cuenta de que estaba hecha un flan y me dijo que me relajase. Se notaba que ella tenía tablas, seguro que no era su primera vez porque no paraba de charlar y sonreír, ¿o era su manera de templar los nervios? Yo no fui capaz de contestar más que con monosílabos y traté de quitármela de encima en cuanto pude para poder concentrarme en respirar.

Antes de lo que esperaba, me llegó el turno. Empecé a ponerme muy nerviosa, me sudaban y temblaban las manos, notaba un hormigueo en la tripa y no era capaz de pensar con claridad, así que me limité a entrar y dirigirme hasta el micrófono. Ni buenos días, ni me llamo Ainhoa, ni gracias por la oportunidad. Todo estaba muy oscuro o eso me pareció, ya que me cegaba un foco que alumbraba el escenario. Apenas podía ver cuántas personas había de jurado o presenciando mi inminente actuación. Alguien me indicó que empezase cuando quisiera. Cerré los ojos y respiré hondo, pero de mis cuerdas vocales no salió nada. Ni siquiera un gallo, una nota discordante, un hilo de voz, NADA, era incapaz de articular palabra. Me dijeron que me tranquilizase, que me tomase mi tiempo, que si quería, podía calentar la voz, pero solo fui capaz de pedir disculpas y salir corriendo de allí sin intentarlo ni echar la vista atrás. En aquel momento, pensé que sería mi primera y última vez, pero lo que ocurría era solo que debido a mi enorme falta de autoestima, me sentía minúscula cuando debía sentirme grandiosa. Necesitaba una buena dosis de moral y confianza, pero de eso tardé en ser consciente aún unos cuantos años más. Al final, triunfaría en la música a toda costa.