1095. AUDIOMETRÍA SATISFACTORIA
LEANDRO GRACIA GARCIA | CAPRICORNIO

Querida esposa mía:
Necesito referirte un suceso que te reconfortará saber. Cierto día, con motivo de una comida familiar, me quedé contemplando a tu tía unos instantes y percibí un punto de ausencia en su expresión, como si un pensamiento distante se la llevara muy lejos. Su mirada se quedó extraviada en algún lugar remoto, y allí permaneció detenida, suspendida en el tiempo. Aquel gesto misterioso me inquietó sobremanera. No supe bien a qué achacarlo. Quizá no se trataba tan sólo de un ligero despiste aislado y puntual.
Mi preocupación fue en aumento y atribuí aquella lejanía a una repentina pérdida de audición o sordera sobrevenida, por lo que me vi en la obligación de descartar cuanto antes esa posibilidad. Debía cerciorarme sin demora y, por el bien de todos, decidí tomar cartas en el asunto. Me situé de pie a su lado, buscando la diagonal, casi a sus espaldas, de modo que no percibiera mi presencia. Una vez allí, en contra de mis principios y trasgrediendo las más elementales normas de urbanidad expelí una ristra de ventosidades “in crescendo” o en progresión geométrica, si bien no llegaron a superarse los 70 decibelios en su apoteosis final.
Sé lo que estás pensando. Pero lo hice con un único y loable propósito. Tan sólo pretendía estimular su umbral de audición y cuantificar de un modo aproximado su agudeza auditiva. Aunque pueda parecer un modo burdo de captar su atención, resultó efectivo. Sin duda, la audiometría de un otorrino experimentado hubiera sido mucho más acertada. Pero, dadas las circunstancias, tuve que valerme de medios naturales para efectuar el diagnóstico. Suplí la falta de diapasón y de ultrasonidos con una técnica improvisada de lo más rudimentaria.
Sé que no voy a contar con tu beneplácito, pero debes entender que, en esta ocasión, el fin justifica los medios. Además, no me gusta alardear de mis proezas, pero debo reconocer que no estuvo nada mal para un aficionado, para alguien que no piensa dedicarse profesionalmente a esto.
De haber emitido tan sólo un ruido aislado y solitario, por desapacible que fuera, no hubiéramos salido de dudas. Por fortuna, el resultado fue de lo más satisfactorio. Tu tía, al escuchar aquellos crujidos traicioneros que iban de menos a más, reaccionó de inmediato poniendo de manifiesto una salud auditiva envidiable. Dio un respingo inconsciente y en su rostro se dibujó una mueca inexpresiva que oscilaba entre la sorpresa y la contrariedad. La rapidez de sus movimientos me tranquilizó de súbito. Comprendí que la prueba había sido un éxito.
Con un único ensayo conseguí demostrar su capacidad para recibir, discriminar, asociar e interpretar los sonidos, tanto si provenían del medio ambiente en general, como si emanaban, por improvisación, de algún trasero humano, aunque fuese poco experimentado. Debemos estar contentos por lo sucedido y compartir nuestra alegría siempre que tengamos ocasión de ello. Como ya te dije, el fin justifica los medios.